No tenemos ninguna duda desde que aprendimos aquello de la “jota” con la “u”: “ju”. Escribimos yudo con “i” griega porque es como se escribe en castellano y no por ningún otro motivo.
No tenemos ganas de yoder a nadie, ni pretendemos yugar un papel cojuntural, ni hacer conyeturas, yaculatorias –que no eyaculatorias-, yuegos de palabras ni sortilehios a costa de nada ni de nadie. Pero, por favor… que no nos toquen las palabras –por no decir otra cosa- de la lengua de Cervantes. Y menos ahora que estamos en la celebración de los 400 años de vida de su inmoral publicación. Lean ustedes; lean un poco… Que los televisores tienen un botón, que suele ser el mismo que sirve para encenderlos, que también sirve para apagarlos. Lean un poco.
Hace tiempo que habíamos dado por superado este tema que para muchos sigue anclado en sus conservadoras mentes incapaces de reflexión alguna. Ya hemos dado muchas explicaciones allá donde se nos ha pedido y lo seguimos haciendo con la paciencia del que sabe tener razón, pero no por ello con alguna que otra fatiga. Es que fatigado es sumergirse en las pantanosas razones de los que ni las tienen ni las saben expresar. Fatigoso es nadar en el espeso jarabe de la estulticia, dulce para el goloso ignorante y empalagoso para el austero librepensador. Es como discutir de religión… Cómo se puede razonar sobre algo que se basa en la fe (es decir en lo que se acepta como cierto sin intervención de la razón). Algo así les pasa a la legión de los que gregariamente te dicen que su “yodido judo” está bien escrito porque “es una palabra internacional”, porque “se escribe así en japonés”, porque “siempre se ha escrito así”, por “conservar la tradición”…
No nos vamos a demorar ahora en escribir aquí nuestros argumentos y lo que vamos es a aprovechar para transcribir algo que hemos encontrado en la Red. Por cierto que el otro día vimos a alguien preguntando en inglés que cuáles son las diferencias entre judo y yudo; que si el yudo es el judo coreano. Pobrecillo… El preocupado “internauta” era estadounidense y no sabía hablar en español… como muchos de nuestros queridos colegas compatriotas. ¡Lástima de idioma tan bonito, que no nos merecemos!
Yudo
Consulta: Solicitamos a la Academia Mexicana interponga su valiosa influencia para que en México se escriba yudo con y y no con j. En apoyo de esta proposición transcribimos a ustedes parte de la ponencia que el doctor don Luis Alfonso, miembro de la Academia Argentina de Letras, presentó al Cuarto Congreso de Academias de la Lengua Española, celebrado en Buenos Aires en 1964:"El alud de palabras extranjeras, especialmente inglesas, que está invadiendo nuestra lengua, aconseja que se adopte una norma para transcribir en español la j inglesa... Un caso interesante es el del vocablo yudo, con el cual se designa una de las formas de la lucha japonesa (yuyutsu o yuyitsu). Yudo viene del japonés zyudo, compuesto de zyu (por ju, según la ortografía romanizada puesta en vigor por el gobierno de Japón), que significa "delicadeza", "suavidad", "no resistencia", y de do, "modo, manera"."El yudo es una doctrina de la soltura, una manera de vencer son suavidad, no oponiéndose al adversario sino aprovechando las fuerzas del contendiente en beneficio propio y con la máxima eficiencia. En inglés se escribe judo. De este idioma pasó al español, al francés, al italiano (en el que se usa también la grafía italianizada giudo). En la República Argentina se escribió al principio con j, pero gracias a la tenaz campaña de un entusiasta y activo cultor de este método, el ingeniero Julio Millé, no tardó en adoptarse yudo, grafía que predomina en el uso común."Los periodistas, que por lo común emplean yudo, incurren en la contradicción de escribir jujutsu o jujitsu, cuando lo lógico es yuyutsu o yuyitsu... Ante estos casos, es deseable que las Academias tomen una decisión uniforme: o ha de predominar la escritura y, entonces, deberá admitirse que la j representa también el mismo sonido que la y, o ha de preferirse seguir la norma que impone la pronunciación y, por lo tanto, sustituir con y la j inglesa, francesa, italiana, como se ha hecho en yute, del inglés jute".En espera de una resolución favorable de esa Academia, me honro en saludar a sus miembros con mi más alta consideración (Jorge Alberto Bonhour, Buenos Aires).
Respuesta: Informo a usted que esta corporación apoya su idea en el sentido de que la voz yudo se escriba con y y no con j, como se ha hecho con las palabras yet y yip (Francisco Monterde, director).
Nota: En el suplemento de la decimonovena edición del Diccionario de la Real Academia Española, correspondiente a 1970, aparece esta nota: "yudo (del japonés yu, blando y do, modo.) m. (Pasa a esta palabra la definición actual de judo)". El significado de esta voz es el siguiente: "Sistema japonés de lucha, que hoy se practica también como deporte, y que tiene por objeto principal defenderse sin armas mediante llaves y movimientos aplicados con destreza".
2.7.05
28.6.05
Dai Nipon Butoku Kai
El profesor Wladimiro se ha hecho miembro de la más antigua sociedad de artes marciales, la Dai Nipon Butoku Kai. El pasado día 23 de junio consiguió su primera titulación en la prestigiosa institución, en la rama de yu-yitsu. Además, colaboró en la recepción y atención de la expedición del maestro Hamada (su máximo representante). A continuación se narra la que pasa por ser una apasionante aventura. La crónica es extensa. Si te gusta leer... ¡a por ella! Quizás descubras o reflexiones sobre cosas de nuestras disciplinas, de dónde vienen y por qué son así. En todo caso, pedimos perdón por haber incluido tan pocas imágenes. En ninguna reunión de la DNBK se permite tomar fotografías ni imágenes de vídeo. Sólo la señora Hamada realizó un reportaje fotográfico para su uso particular. Es posible que más adelante se haga llegar a los participantes en el evento alguna de las fotos del acontecimiento. De momento, ni siquiera en Internet es fácil obtener material gráfica de la DNBK. Todo ello no hace más que dar una idea de su seriedad y prestigio.

El título conseguido por el profesor Wladimiro el pasado 23 de junio... A continuación una extensa crónica de lo acontecido en los tres días de contacto con la DNBK. Pese a lo extenso de la narración podemos asegurar que se trata de un resumen; tal fue la riqueza de vivencias amontonadas en tres intensas jornadas.
Dai Nipon Butoku Kai
DNBK
Han sido unos días que difícilmente olvidaré. La intensidad de las muchas situaciones por las que he pasado en un tiempo muy apretado y denso hace que lo recuerde como un largo período, cuando, en realidad, apenas se ha tratado de tres días.
Ingresé como miembro general en la Dai Nipón Butoku Kai este mismo año, entre escéptico y expectante. Todo sonaba bien cuando mi amigo, el maestro Pedro Rodríguez Dabauza, explicaba los pormenores de una asociación que pasa por ser la más antigua en cuanto a artes marciales se refiere.
Yo suelo recordar a mis alumnos que no soy muy listo, pero que me he criado en Caño Roto. En esto de las “artes marciales” –y ahora recalco esta forma de definirlas, que a mí no me gusta demasiado- he visto de todo un poco. Pero lo que más he visto es “engaño”: gente que engaña o gente que está engañada. Y, sobre todo, gente que no permite poner en duda su posible engaño.
Han sido unos días que difícilmente olvidaré. La intensidad de las muchas situaciones por las que he pasado en un tiempo muy apretado y denso hace que lo recuerde como un largo período, cuando, en realidad, apenas se ha tratado de tres días.
Ingresé como miembro general en la Dai Nipón Butoku Kai este mismo año, entre escéptico y expectante. Todo sonaba bien cuando mi amigo, el maestro Pedro Rodríguez Dabauza, explicaba los pormenores de una asociación que pasa por ser la más antigua en cuanto a artes marciales se refiere.
Yo suelo recordar a mis alumnos que no soy muy listo, pero que me he criado en Caño Roto. En esto de las “artes marciales” –y ahora recalco esta forma de definirlas, que a mí no me gusta demasiado- he visto de todo un poco. Pero lo que más he visto es “engaño”: gente que engaña o gente que está engañada. Y, sobre todo, gente que no permite poner en duda su posible engaño.
I. La llegada
La mañana del martes día 21 de junio, acudí al Aeropuerto de Barajas a recibir a la expedición del maestro Hamada(*). Llegaba de Virginia con sus alumnos: dos jovencitas adolescentes (de 14 y 15 años), un matrimonio joven (Eric y Margerite), el talludo Tim, el bonachón Perry y la secretaria del maestro, Kim. Junto a ellos viajaba el propio maestro con su mujer Kazumi. Al parecer venían cargados de cajas y maletas por lo que habría que “echar una mano” con su traslado al hotel Regina en pleno centro de Madrid. Mi amigo José Luis de Antonio acudió con su furgoneta de siete plazas. Llevó con él a su alumno Lorenzo, que también conducía otra furgoneta similar. Por supuesto, también acudió Pedro que no podía faltar a la cita en el aeropuerto en su calidad de anfitrión.
La espera fue larga. Desde que se anunció que el avión en que venían los budocas americanos había tomado tierra hasta que les vimos pasaron muchos minutos. Luego, todo transcurrió deprisa. Fue como cuando uno se sube a lo alto de un trampolín y no se decide a saltar al agua. Cuando por fin se da el paso al vacío, el tiempo cobra otra dimensión. De repente uno se encuentra a gran velocidad por el vacío y sin saber exactamente cuando, se zambulle en el agua fresca con un gran estruendo que desaparece a medida que el cuerpo se vuelve ingrávido. Algo de toso eso nos sucedió a los cuatro miembros de la comitiva española de recepción.
Yo, por educación, intenté cerrar la comitiva y caminar detrás del sensei. No hubo manera; se retrasaba notablemente del grupo, para no caminar a nuestro lado.
Solo con las cajas y algunas maletas quedó repleta la furgoneta de Lorenzo. En la de José Luis también se metieron muchas maletas y sólo quedaron tres plazas libres después de mucho luchar. Después de todo, mi presencia en el aeropuerto iba a ser algo más que testimonial. A mi coche subieron Perry –delante- y dos de sus compañeras. Se les notaba cansados, por lo que sólo charlé un poco con ellos, mientras conducía.
Al poco de llegar al hotel, Pedro me pidió que les acompañara al Casino, que se encuentra a escasos metros del hotel Regina, para servir de intérprete. Esa era la razón por la que yo había acudido al aeropuerto.
Enseguida me di cuenta de que al maestro Hamada no se le podía tratar como a cualquier otra persona. Yo le miraba de hito en hito, pero bajaba la mirada cada vez que descubría que el maestro notaba que le observaba. En el momento de salir del hotel y dejar allí a sus alumnos vimos la primera muestra del profundo respeto que sienten hacia él; de la veneración que le profesan. Cualquiera que pasase por allí pensaría que se trataba de una secta. Hombres maduros como los americanos llegados desde Virgina se cuadraron como soldados ante el maestro y con los talones fuertemente juntados inclinaban sus cuerpos 45 grados manteniendo la reverencia hasta que el maestro estaba muy lejos; ya en la calle.
Al Casino nos trasladamos cinco personas: el maestro Hamada, su secretaria Kim, Pedro R. Dabauza y yo. La quinta persona era Didra, una profesora de inglés residente en Madrid, que es a su vez alumna del maestro en Virgina. Acudía como traductora del maestro; y lo pasó francamente mal a lo largo de estos tres intensos días. Su castellano no es muy bueno.
Una vez se sentó el maestro y viendo lo protocolario de cuantos movimientos realizaban su secretaria y Didra, me quedé en pie sin tomar asiento. En cierto modo no sólo lo hice por respeto; era como si me hubiera quedado pasmado. El resultado fue bueno porque el maestro vio mi actitud y me invitó a tomar asiento. Luego, las instrucciones sobre el protocolo para el momento de los exámenes y del seminario del siguiente jueves, fueron muchas y muy detalladas. Empecé a tomar conciencia de cómo se toman las cosas gente como el maestro Hamada, que puede presumir de descender de una familia samurai de alta alcurnia.
Cuando acabó nuestra reunión salí sin sentir que las piernas transportasen mi cuerpo. Estaba francamente impresionado por todo lo que había visto… Y aún estaba por ver casi todo.
* Maestro de enorme prestigio descendiente de familia samurai. Su nombre se pronuncia “jamada”. La mayoría de los japoneses adopta el inglés para escribir, ese es el motivo de que en España se escriba yudo con jota, por ejemplo.
La espera fue larga. Desde que se anunció que el avión en que venían los budocas americanos había tomado tierra hasta que les vimos pasaron muchos minutos. Luego, todo transcurrió deprisa. Fue como cuando uno se sube a lo alto de un trampolín y no se decide a saltar al agua. Cuando por fin se da el paso al vacío, el tiempo cobra otra dimensión. De repente uno se encuentra a gran velocidad por el vacío y sin saber exactamente cuando, se zambulle en el agua fresca con un gran estruendo que desaparece a medida que el cuerpo se vuelve ingrávido. Algo de toso eso nos sucedió a los cuatro miembros de la comitiva española de recepción.
Yo, por educación, intenté cerrar la comitiva y caminar detrás del sensei. No hubo manera; se retrasaba notablemente del grupo, para no caminar a nuestro lado.
Solo con las cajas y algunas maletas quedó repleta la furgoneta de Lorenzo. En la de José Luis también se metieron muchas maletas y sólo quedaron tres plazas libres después de mucho luchar. Después de todo, mi presencia en el aeropuerto iba a ser algo más que testimonial. A mi coche subieron Perry –delante- y dos de sus compañeras. Se les notaba cansados, por lo que sólo charlé un poco con ellos, mientras conducía.
Al poco de llegar al hotel, Pedro me pidió que les acompañara al Casino, que se encuentra a escasos metros del hotel Regina, para servir de intérprete. Esa era la razón por la que yo había acudido al aeropuerto.
Enseguida me di cuenta de que al maestro Hamada no se le podía tratar como a cualquier otra persona. Yo le miraba de hito en hito, pero bajaba la mirada cada vez que descubría que el maestro notaba que le observaba. En el momento de salir del hotel y dejar allí a sus alumnos vimos la primera muestra del profundo respeto que sienten hacia él; de la veneración que le profesan. Cualquiera que pasase por allí pensaría que se trataba de una secta. Hombres maduros como los americanos llegados desde Virgina se cuadraron como soldados ante el maestro y con los talones fuertemente juntados inclinaban sus cuerpos 45 grados manteniendo la reverencia hasta que el maestro estaba muy lejos; ya en la calle.
Al Casino nos trasladamos cinco personas: el maestro Hamada, su secretaria Kim, Pedro R. Dabauza y yo. La quinta persona era Didra, una profesora de inglés residente en Madrid, que es a su vez alumna del maestro en Virgina. Acudía como traductora del maestro; y lo pasó francamente mal a lo largo de estos tres intensos días. Su castellano no es muy bueno.
Una vez se sentó el maestro y viendo lo protocolario de cuantos movimientos realizaban su secretaria y Didra, me quedé en pie sin tomar asiento. En cierto modo no sólo lo hice por respeto; era como si me hubiera quedado pasmado. El resultado fue bueno porque el maestro vio mi actitud y me invitó a tomar asiento. Luego, las instrucciones sobre el protocolo para el momento de los exámenes y del seminario del siguiente jueves, fueron muchas y muy detalladas. Empecé a tomar conciencia de cómo se toman las cosas gente como el maestro Hamada, que puede presumir de descender de una familia samurai de alta alcurnia.
Cuando acabó nuestra reunión salí sin sentir que las piernas transportasen mi cuerpo. Estaba francamente impresionado por todo lo que había visto… Y aún estaba por ver casi todo.
* Maestro de enorme prestigio descendiente de familia samurai. Su nombre se pronuncia “jamada”. La mayoría de los japoneses adopta el inglés para escribir, ese es el motivo de que en España se escriba yudo con jota, por ejemplo.
II. Excursión y comida en El Escorial
La vuelta a la rutina era inevitable. Se podría decir que incluso fue “sana”. Todavía tuve tiempo de atender mi trabajo, comer en casa y partir para Paral a impartir mis clases de yu-yitsu. Al día siguiente, el miércoles 22, quedamos citados en la puerta del hotel a las 9:00 horas.
De allí salimos hacia Las Ventas. En mi coche subieron la señora Hamada, el maestro Koshima y dos chilenos maravillosos: el maestro Herbert Aroca y su alumno Luis. Llegamos los primeros y encontramos un lugar en el que estacionar justo junto a la puerta de entrada del museo taurino. Cuando llegó Pedro conduciendo su BMW deportivo con los maestros dentro (al sensei Hamada le acompañaba ya el venerable maestro Kuwa Hara(*), que había llegado la noche anterior junto a Koshima, que viajaba en mi coche). Le hice señas a Pedro para que se acercara y le cedí mi lugar, de modo que los maestros no tuvieran que caminar ni esperar a que Pedro encontrara un sitio para el coche.
Ya en la visita al coso, cuando la guía se disponía a permitir que los visitantes saltasen al ruedo, el maestro hizo una seña y todos sus alumnos a la velocidad del rayo fueron saliendo del recinto por delante de él. La visita había tocado a su fin.
Cogimos los coches y partimos hacia el Valle de los Caídos. De nuevo fuimos los primeros en llegar. Estacioné bajo la sombra de unos pinos y poco después iniciamos todos juntos la visita al monumento. Como no contábamos con guía Pedro me pidió que actuase como tal para el maestro. El honor de poder dirigirme al maestro competía con la preocupación de no cometer ninguna incorrección. Lo malo es que si mi inglés no es malo, mis conocimientos sobre la Cruz de los Caídos no son muchos. Expliqué, sin entrar en demasiados detalles, que fue mandado construir por un famoso general que venció en una guerra. Mi relato intentaba emular los escuchados sobre la historia de Japón, tratando de evitar connotaciones políticas. Le conté que los prisioneros fueron obligados a cavar la cueva en la montaña, bajo la cruz, casi sin maquinaria; con apenas picos y palas. Hablé de las características graníticas de la montaña en que se horadó la grandiosa gruta en la que ahora está la tumba de aquel famoso guerrero que acabó dirigiendo nuestro país. No debí hacerlo muy mal porque el maestro se interesó en mi relato y llegó a transmitirme algunas cuestiones. Quería saber más sobre el tiempo que se tardó en construir, si esa montaña tenía algún significado especial… Como temía cometer algún error le vine a explicar que fueron largos años porque no se utilizaron los modernos medios que hoy en día se tienen para construir; que muchos fueron los que perdieron la vida en la tarea, al tener que soportar los rigurosos inviernos de la zona en condiciones extremas –mal alimentados y peor vestidos-; que la montaña es un enclave especial al poderse ver desde cualquier punto de la capital de España; que, además, en esas montañas se habían librado multitud de combates entre guerreros valientes de los dos ejércitos. Cuando llegó a la capilla en que se hallan las tumbas de José Antonio y Franco, el maestro reunió a sus alumnos y les puso a rezar tras dirigirles unas palabras. Comprendí entonces que mis palabras habían llevado al maestro a apreciar el lugar y a respetarlo por lo que representa para los españoles. Después de todo, había conseguido explicar que era un lugar muy especial, por más que despierte tan diferentes reacciones y sentimientos en los españoles, por lo que supone y lo que representa. No necesité explicarle nada de nuestra bochornosa guerra civil, ni de las represiones posteriores, ni de la actual división de España en dos grandes bloques (la España conservadora y la España progresista).
Tras nuestra visita al valle salimos hacia el Monasterio de El Escorial. Pese a que el maestro lleva a todas partes un corsé, fuertemente abrochado a su cintura, aceptó entrar al recinto mandado construir por Felipe II. Cuando la guía comenzó el recorrido, el maestro Hamada se apartó del grupo. Caminó rezagado junto al maestro Kuwa Hara, que parecía un simple turista oriental: solo le faltaba la cámara de fotos.
Por educación yo iba cediendo el paso a la comitiva y solía quedar el último del gran grupo. De ese modo tuve ocasión de ver a los maestros Hamada y Kuwa Hara. No parecían mostrar un interés especial en los muebles ni en los cuadros… Su actitud era respetuosa pero no atendían a las explicaciones de la guía; quedaban siempre muy lejos de ella y no la podía oír. No obstante, observé que al pasar junto a dos cuadros que representaban escenas de ejércitos desplegados en el campo de batalla, permanecieron largo rato mirándolos.
Al salir del monasterio, nos dirigimos a comer a un restaurante cercano. Nada más salir perdí a Pedro que salió como un rayo, siendo el único que conocía el lugar al que nos dirigíamos. Tuve la perspicacia de encontrar el lugar en poco tiempo y antes de que se preocupasen los ocupantes de mi coche, así es que nos reunimos a la mesa en el restaurante Buganvilla. Ninguno de sus alumnos tocó ni una copa, hasta que el maestro hizo una seña. Luego, antes de empezar a comer gritó unas palabras tradicionales permitiendo que cada cual fuera bebiendo o comiendo según su deseo.
Los americanos parecieron comer con apetito una selección de aperitivos y entrantes. Pero al llegar el momento de la paella, todos dejaron que se les retiraran sus platos con mucha cantidad de comida en ellos.
El tiempo se marchaba rápido. Yo tenía que impartir mis clases de yudo. Como uno es perro viejo en ciertas cosas había tomado la precaución de prevenir a mi alumno Carlos Grande –un buen alumno que goza de mi confianza, pese a sus 15 años de edad- por si yo me retrasaba. Carlos tuvo finalmente que hacerse cargo de las dos primeras clases.
Salimos del restaurante cerca de las cinco de la tarde. Luego el tráfico denso de un Madrid pleno de obras en sus principales calles motivó que llegara muy tarde al gimnasio (doyo) municipal de Parla. Allí me esperaba Arturo Santos, el alumno de Antonio Enjuto que había quedado en preparar conmigo la prueba. Era la primera vez que nos veíamos y tuvimos que emplearnos duro un par de horas.
Cuando llegué a casa cené y me senté frente al ordenador. Al día siguiente tenía entrega de textos de una revista. No tenía ni una sola línea de los tres reportajes que debía enviar. Sólo aguanté hasta las doce y media de la noche. Puse el despertador y me fui a dormir un poco. El cansancio y la excitación me hicieron tardar en conciliar el sueño.
* Maestro cuyo nombre se pronuncia “cuajara”; 9º Dan de yu-yitsu con 85 años de edad y estado de forma envidiable, aún para personas de veinte años menos
De allí salimos hacia Las Ventas. En mi coche subieron la señora Hamada, el maestro Koshima y dos chilenos maravillosos: el maestro Herbert Aroca y su alumno Luis. Llegamos los primeros y encontramos un lugar en el que estacionar justo junto a la puerta de entrada del museo taurino. Cuando llegó Pedro conduciendo su BMW deportivo con los maestros dentro (al sensei Hamada le acompañaba ya el venerable maestro Kuwa Hara(*), que había llegado la noche anterior junto a Koshima, que viajaba en mi coche). Le hice señas a Pedro para que se acercara y le cedí mi lugar, de modo que los maestros no tuvieran que caminar ni esperar a que Pedro encontrara un sitio para el coche.
Ya en la visita al coso, cuando la guía se disponía a permitir que los visitantes saltasen al ruedo, el maestro hizo una seña y todos sus alumnos a la velocidad del rayo fueron saliendo del recinto por delante de él. La visita había tocado a su fin.
Cogimos los coches y partimos hacia el Valle de los Caídos. De nuevo fuimos los primeros en llegar. Estacioné bajo la sombra de unos pinos y poco después iniciamos todos juntos la visita al monumento. Como no contábamos con guía Pedro me pidió que actuase como tal para el maestro. El honor de poder dirigirme al maestro competía con la preocupación de no cometer ninguna incorrección. Lo malo es que si mi inglés no es malo, mis conocimientos sobre la Cruz de los Caídos no son muchos. Expliqué, sin entrar en demasiados detalles, que fue mandado construir por un famoso general que venció en una guerra. Mi relato intentaba emular los escuchados sobre la historia de Japón, tratando de evitar connotaciones políticas. Le conté que los prisioneros fueron obligados a cavar la cueva en la montaña, bajo la cruz, casi sin maquinaria; con apenas picos y palas. Hablé de las características graníticas de la montaña en que se horadó la grandiosa gruta en la que ahora está la tumba de aquel famoso guerrero que acabó dirigiendo nuestro país. No debí hacerlo muy mal porque el maestro se interesó en mi relato y llegó a transmitirme algunas cuestiones. Quería saber más sobre el tiempo que se tardó en construir, si esa montaña tenía algún significado especial… Como temía cometer algún error le vine a explicar que fueron largos años porque no se utilizaron los modernos medios que hoy en día se tienen para construir; que muchos fueron los que perdieron la vida en la tarea, al tener que soportar los rigurosos inviernos de la zona en condiciones extremas –mal alimentados y peor vestidos-; que la montaña es un enclave especial al poderse ver desde cualquier punto de la capital de España; que, además, en esas montañas se habían librado multitud de combates entre guerreros valientes de los dos ejércitos. Cuando llegó a la capilla en que se hallan las tumbas de José Antonio y Franco, el maestro reunió a sus alumnos y les puso a rezar tras dirigirles unas palabras. Comprendí entonces que mis palabras habían llevado al maestro a apreciar el lugar y a respetarlo por lo que representa para los españoles. Después de todo, había conseguido explicar que era un lugar muy especial, por más que despierte tan diferentes reacciones y sentimientos en los españoles, por lo que supone y lo que representa. No necesité explicarle nada de nuestra bochornosa guerra civil, ni de las represiones posteriores, ni de la actual división de España en dos grandes bloques (la España conservadora y la España progresista).
Tras nuestra visita al valle salimos hacia el Monasterio de El Escorial. Pese a que el maestro lleva a todas partes un corsé, fuertemente abrochado a su cintura, aceptó entrar al recinto mandado construir por Felipe II. Cuando la guía comenzó el recorrido, el maestro Hamada se apartó del grupo. Caminó rezagado junto al maestro Kuwa Hara, que parecía un simple turista oriental: solo le faltaba la cámara de fotos.
Por educación yo iba cediendo el paso a la comitiva y solía quedar el último del gran grupo. De ese modo tuve ocasión de ver a los maestros Hamada y Kuwa Hara. No parecían mostrar un interés especial en los muebles ni en los cuadros… Su actitud era respetuosa pero no atendían a las explicaciones de la guía; quedaban siempre muy lejos de ella y no la podía oír. No obstante, observé que al pasar junto a dos cuadros que representaban escenas de ejércitos desplegados en el campo de batalla, permanecieron largo rato mirándolos.
Al salir del monasterio, nos dirigimos a comer a un restaurante cercano. Nada más salir perdí a Pedro que salió como un rayo, siendo el único que conocía el lugar al que nos dirigíamos. Tuve la perspicacia de encontrar el lugar en poco tiempo y antes de que se preocupasen los ocupantes de mi coche, así es que nos reunimos a la mesa en el restaurante Buganvilla. Ninguno de sus alumnos tocó ni una copa, hasta que el maestro hizo una seña. Luego, antes de empezar a comer gritó unas palabras tradicionales permitiendo que cada cual fuera bebiendo o comiendo según su deseo.
Los americanos parecieron comer con apetito una selección de aperitivos y entrantes. Pero al llegar el momento de la paella, todos dejaron que se les retiraran sus platos con mucha cantidad de comida en ellos.
El tiempo se marchaba rápido. Yo tenía que impartir mis clases de yudo. Como uno es perro viejo en ciertas cosas había tomado la precaución de prevenir a mi alumno Carlos Grande –un buen alumno que goza de mi confianza, pese a sus 15 años de edad- por si yo me retrasaba. Carlos tuvo finalmente que hacerse cargo de las dos primeras clases.
Salimos del restaurante cerca de las cinco de la tarde. Luego el tráfico denso de un Madrid pleno de obras en sus principales calles motivó que llegara muy tarde al gimnasio (doyo) municipal de Parla. Allí me esperaba Arturo Santos, el alumno de Antonio Enjuto que había quedado en preparar conmigo la prueba. Era la primera vez que nos veíamos y tuvimos que emplearnos duro un par de horas.
Cuando llegué a casa cené y me senté frente al ordenador. Al día siguiente tenía entrega de textos de una revista. No tenía ni una sola línea de los tres reportajes que debía enviar. Sólo aguanté hasta las doce y media de la noche. Puse el despertador y me fui a dormir un poco. El cansancio y la excitación me hicieron tardar en conciliar el sueño.
* Maestro cuyo nombre se pronuncia “cuajara”; 9º Dan de yu-yitsu con 85 años de edad y estado de forma envidiable, aún para personas de veinte años menos
III. El gran día
La alarma sonó a las 4:00. Había dormido poco más de tres horas. Tardé en reaccionar, pero un café cargado me ayudó a despejar mi somnolencia. No tardé en empezar a golpear con energía las teclas, hilvanando frases con cierto sentido. Los nervios me hacían volver la cabeza a cada poco para ver la hora en el reloj colgado de la pared. Enseguida acabé un reportaje sobre las fiestas populares recientemente celebradas en Torrejón. Luego, pasé a redactar otro sobre le balonmano-playa. Para ampliar este reportaje tuve que transcribir la entrevista a uno de los mejores jugadores del mundo de esta modalidad deportiva. Al acabar, me puse, casi con fiereza, a escribir sobre la oferta municipal de actividades estivales. Con los textos concluidos, empecé a seleccionar las fotos de los tres reportajes, mientras los enviaba por correo electrónico a la redacción de la empresa para la que trabajo.
El proceso de selección de fotos y su correspondiente envío siempre me lleva varios minutos por cada imagen. Primero selecciono las mejores imágenes, luego las retoco una a una, para conseguir que sean de máxima calidad (en ocasiones hay que recortar, quitar manchas, enfocar, sombrear caras de policías y niños o matrículas de coches, etc.). Luego, el envío de las imágenes es laborioso, pues las nuevas tecnologías también tienen sus limitaciones. Hay que tener en cuenta que las fotografías han de tener una calidad aceptable para poder ser publicadas en papel. Eso quiere decir que, a veces, enviar cuatro fotos puede llevar cinco minutos. Si se tiene en cuenta que envié cincuenta, se puede uno dar cuenta de lo laborioso de la operación.
Pese a todo, salí de casa con la confirmación de que todo había ido bien y con tiempo suficiente para comprar algo de comida. La cita era de 11:00 a 11:30 en el polideportivo Los Rosales de Móstoles y la previsión era de no salir de él hasta las 17:00 horas.
El sentido común aconsejaba meter en la bolsa, junto al yu-yitsu-gui (al traje de faena, vamos), algún alimento y, un par de botellas de agua. De una de ellas fui dando buenos tragos mientras conducía.
Llegué al polideportivo a las 11:00. Como me había despertado a las 4:00 y sólo había tomado tres cafés, para conseguir vencer el sueño, decidí ingerir algo de alimento: lo más duro estaba por venir y podría venir bien para no desfallecer.
Al pasar el recinto deportivo, lo primero que hice fue orinar. Había bebido casi un litro de agua y luego tal vez no se pudiera salir al servicio con libertad.
Al llegar al pabellón, Pedro daba instrucciones para rematar algunos detalles. El tatami había sido colocado sin quedar centrado en la sala. Varios alumnos del maestro Enjuto (otro de los participantes en el evento) trasladaban algunas colchonetas de un extremo al otro del tatami. Solté la bolsa y me puse a colaborar. Luego, me encargaron de custodiar las llaves del vestuario destinado a los maestros, de recibirles a su llegada y de explicarles donde tenían a su disposición cada cosa que necesitasen.
Poco después, llegaron los americanos, todavía sin los maestros. Utilizaron el Metro para su desplazamiento. Yo no quise comprometerme a acudir en esta ocasión al hotel y le pedí disculpas por ello a Pedro cuando me lo pidió la noche anterior. Bastante tenía con el cierre de la revista. Por otra parte, había quedado con mi uke (compañero de examen), Arturo Santos, en acudir pronto al polideportivo para dar un repaso a nuestro examen. No tuvimos ocasión más que de recitar en alto la serie de ataques que yo le realizaría. Todo lo demás se nos fue en atender las instrucciones que nos iban dando y, en mi caso, en colaborar en cuanto se me ordenaba (“llama a José Luis para ver si ya han salido”, “explica a Didra para qué sirve cada llave”, “sal a esperar a los maestros para conducirles a su vestuario”…)
El proceso de selección de fotos y su correspondiente envío siempre me lleva varios minutos por cada imagen. Primero selecciono las mejores imágenes, luego las retoco una a una, para conseguir que sean de máxima calidad (en ocasiones hay que recortar, quitar manchas, enfocar, sombrear caras de policías y niños o matrículas de coches, etc.). Luego, el envío de las imágenes es laborioso, pues las nuevas tecnologías también tienen sus limitaciones. Hay que tener en cuenta que las fotografías han de tener una calidad aceptable para poder ser publicadas en papel. Eso quiere decir que, a veces, enviar cuatro fotos puede llevar cinco minutos. Si se tiene en cuenta que envié cincuenta, se puede uno dar cuenta de lo laborioso de la operación.
Pese a todo, salí de casa con la confirmación de que todo había ido bien y con tiempo suficiente para comprar algo de comida. La cita era de 11:00 a 11:30 en el polideportivo Los Rosales de Móstoles y la previsión era de no salir de él hasta las 17:00 horas.
El sentido común aconsejaba meter en la bolsa, junto al yu-yitsu-gui (al traje de faena, vamos), algún alimento y, un par de botellas de agua. De una de ellas fui dando buenos tragos mientras conducía.
Llegué al polideportivo a las 11:00. Como me había despertado a las 4:00 y sólo había tomado tres cafés, para conseguir vencer el sueño, decidí ingerir algo de alimento: lo más duro estaba por venir y podría venir bien para no desfallecer.
Al pasar el recinto deportivo, lo primero que hice fue orinar. Había bebido casi un litro de agua y luego tal vez no se pudiera salir al servicio con libertad.
Al llegar al pabellón, Pedro daba instrucciones para rematar algunos detalles. El tatami había sido colocado sin quedar centrado en la sala. Varios alumnos del maestro Enjuto (otro de los participantes en el evento) trasladaban algunas colchonetas de un extremo al otro del tatami. Solté la bolsa y me puse a colaborar. Luego, me encargaron de custodiar las llaves del vestuario destinado a los maestros, de recibirles a su llegada y de explicarles donde tenían a su disposición cada cosa que necesitasen.
Poco después, llegaron los americanos, todavía sin los maestros. Utilizaron el Metro para su desplazamiento. Yo no quise comprometerme a acudir en esta ocasión al hotel y le pedí disculpas por ello a Pedro cuando me lo pidió la noche anterior. Bastante tenía con el cierre de la revista. Por otra parte, había quedado con mi uke (compañero de examen), Arturo Santos, en acudir pronto al polideportivo para dar un repaso a nuestro examen. No tuvimos ocasión más que de recitar en alto la serie de ataques que yo le realizaría. Todo lo demás se nos fue en atender las instrucciones que nos iban dando y, en mi caso, en colaborar en cuanto se me ordenaba (“llama a José Luis para ver si ya han salido”, “explica a Didra para qué sirve cada llave”, “sal a esperar a los maestros para conducirles a su vestuario”…)
IV. Un examen muy especial
Me gusta ser humilde porque creo que soy una persona sencilla. No me gusta presumir de nada mío y, sólo en ocasiones, me gusta hacerlo de los míos (de mi familia, de mi hija, de mi compañera –o mujer, como se suele decir-, de mis alumnos, de mis amigos…)
Para mí una prueba es el momento de dar el máximo en algún apartado. Me he examinado de muchas cosas. Además de las normales (carné de conducir, escuela…) me he sometido a pruebas orales en la Universidad, exámenes de capacitación profesional, entrevistas de trabajo, a pruebas de ingreso en coros, a exámenes de yudo, atemi-yu.yitsu, lucha sambo… Además he sido un vigoroso competidor que ha llegado a disputar varios campeonatos de España e incluso internacionales. He arbitrado combates importantes de yudo a campeones internacionales y he tenido que dirigirme desde diferentes escenarios a un público selecto o a una gran multitud de personas. Quiero decir, que me he sometido a duras pruebas de nervios en las que uno está bajo la mirada de personas de mucha importancia. Pero todo lo que rodeaba a esta gran cita que aquí describo, era especial. En todo momento supe dominar mis nervios, pero mi estado era de alerta total; mi concentración era absoluta.
Pedro R. Dabauza hacía verdaderos esfuerzos por llamar nuestra atención, mientras muchos de los del grupo de españoles no le atendían. Era su forma de expresar su estado de nervios; supongo. La cosa era ultimar los detalles del protocolario procedimiento de saludar al maestro a su entrada al pabellón, de entrar al tatami en grupo o por parejas, de salir del tatami, etc.
Mientras Pedro explicaba alguna de estas cuestiones llegó acalorada la secretaria Kim, ataviada de “jakama” y descalza. Empezó a darnos algunas instrucciones para el momento en que accedieran los maestros al pabellón en que nos encontrábamos. Poco después se podía cortar el aire con un cuchillo. Escuché sus alumnos decir en inglés que ya venían y grité: “ya están aquí”. Nos pusimos firmes sobre el tatami y, tan pronto vimos la figura del maestro Hamada comenzamos a aplaudir como se nos había indicado. Giramos al tiempo que los maestros se dirigían a la presidencia sin dejar de aplaudir hasta que tomaron asiento bajo las banderas de la organización Dai Nipón Butoku Kai (DNBK), de España, de Japón y de Chile (en honor a los dos nuevos miembros Herbert Aroca y su alumno Luis). Por cierto que instantes antes de comenzar el acto se hubieron de mover uno diez centímetros por instrucción de la secretaria Kim. Dos compañeros tuvieron que buscar una larga escalera para desatar las banderas y volverlas a atar un poco más abajo.
Sonaron los himnos de España y Japón, asistimos a los discursos de los maestros Hamada, Kuwa Hara y Dabauza. Y se nos indicó que saliéramos ordenadamente del tatami. Luego, la delegación española formó para comenzar las demostraciones. Tras salir en orden al tatami y saludar a la presidencia nos sentamos (es un decir) en posición “seiza”. Es decir, que nos arrodillamos al estilo tradicional japonés. Así permanecimos mientras los maestros Kitano y Kuwa Hara, junto al señor Koshima, realizaron diversas demostraciones de gran belleza. La que más me impresionó fue la del maestro Kuwa Hara, pero no cuando fue realizando diferentes técnicas de defensa contra puñetazos patadas o agarres. Me impresionó aún más cuando dio una instrucción a su ayudante el señor Koshima y éste empezó a proyectar al maestro. Ver a todo un maestro de 85 años salir por los aires y caer con naturalidad me pareció un gesto de humildad, muy a tener en cuenta. Tal manifestación del espíritu budo del que están dotados estos grandes maestros lo considero todo un regalo.
Cuando el maestro Dabauza anunció que comenzaría la demostración de los aspirantes a yu-yitsu “sho-dan”, intenté ponerme en pie de un salto; había llegado mi turno. Los pies me fallaron y no fui todo lo ágil que pretendía ser. Llevaba arrodillado cerca de media hora. Afirmé los pasos con diligencia, pero sin presura y así recuperé la movilidad en los pies. Después… Dicen que realicé un buen examen. Yo pasé muy malos días pensando en que mi nivel no era el que me hubiera gustado alcanzar. Pero he sido competidor y sé lo que hay que hacer cuando llega el momento; simplemente concentrarse absolutamente en el fin que se persigue y aplicar los cinco sentidos en ello; la máxima atención y todo el esfuerzo necesario. Al acabar nos retiramos de espaldas hasta el mismo sitio y volvimos a ponernos de rodillas (en “sheiza”). El resto de compañeros fueron realizando sus demostraciones. Todos estuvieron a gran altura, en especial el maestro Enjuto. Me sentí orgulloso de conocerle desde hace décadas y de haber entrenado con él muchos años atrás. Más tarde supimos que el maestro Hamada había quedado satisfecho con las demostraciones y particularmente con la de Antonio Enjuto. En cambio, tres muchachos que hicieron una demostración de iai-do o de iai-yutsu (manejo de la espada japonesa o katana) no gozaron de la misma consideración para el maestro. Les recomendó acudir a practicar con alguno de los maestros de la especialidad que la DNBK tiene en Europa. Llegó a explicarles que habían realizado movimientos de película de Hollywood. Lo lamenté por ellos pues son excelentes personas, alumnos aplicados y sólo hicieron lo que les ha enseñado su maestro.
Cuando uno participa en un examen de este tipo, como el que aquí se describe, no puede ser tan ingenuo de pensar que tras su demostración todo ha concluido. Personas como el maestro Hamada siguen escrutando todo a su alrededor. Están acostumbrados a analizar cuanto les rodea, con gran capacidad. De manera que tras mi examen volví a adoptar posición “seiza”. En ese momento ya eran pocos los compañeros que permanecían arrodillados al estilo tradicional. Los más se encontraban sentados con las piernas dobladas y entrelazadas.
Hube de permanecer de rodillas cerca de dos horas. Sólo hubo un momento en que por confusión creía que se nos instaba a poner en pie y pude, por ese error estirar un poco las piernas. Apenas fueron unos segundos, pero me reconfortó que la sangre volviera a fluir por mis venas presionadas. Cuando todo acabó, mis pies estaban amoratados y me costó caminar. Era el momento en que el maestro Kuwa Hara explicaría algunas técnicas para que las practicásemos.
Las aplicaciones que el maestro demostró fueron pocas y sencillas. Sin embargo estaban ejecutadas con una exquisita técnica y eficacia. Me apliqué con energía a practicar lo enseñado y, enseguida, fui corregido por los maestros. Esa no es mala señal. Los orientales suelen corregir sólo a quienes creen estar interesados en progresar. Por este motivo me llené de orgullo y me apliqué aún con más entusiasmo. Es cierto que tras caer y levantarse del suelo cerca del centenar de veces hay que empezar a tener algo más que paciencia para seguir concentrado y continuar practicando las mismas técnicas, sin detenerse. De hecho, me pareció ver de refilón que algunas parejas de compañeros paraban y charlaban distraídamente sin ejecutar ninguna técnica. Pero viendo el espíritu con que me aplicaba, junto a mi compañero Joaquín, los maestros volvían a acercarse a nuestro lado y, en ocasiones nos enseñaban alguna variación de las técnicas que estábamos ejecutando.
Para mí una prueba es el momento de dar el máximo en algún apartado. Me he examinado de muchas cosas. Además de las normales (carné de conducir, escuela…) me he sometido a pruebas orales en la Universidad, exámenes de capacitación profesional, entrevistas de trabajo, a pruebas de ingreso en coros, a exámenes de yudo, atemi-yu.yitsu, lucha sambo… Además he sido un vigoroso competidor que ha llegado a disputar varios campeonatos de España e incluso internacionales. He arbitrado combates importantes de yudo a campeones internacionales y he tenido que dirigirme desde diferentes escenarios a un público selecto o a una gran multitud de personas. Quiero decir, que me he sometido a duras pruebas de nervios en las que uno está bajo la mirada de personas de mucha importancia. Pero todo lo que rodeaba a esta gran cita que aquí describo, era especial. En todo momento supe dominar mis nervios, pero mi estado era de alerta total; mi concentración era absoluta.
Pedro R. Dabauza hacía verdaderos esfuerzos por llamar nuestra atención, mientras muchos de los del grupo de españoles no le atendían. Era su forma de expresar su estado de nervios; supongo. La cosa era ultimar los detalles del protocolario procedimiento de saludar al maestro a su entrada al pabellón, de entrar al tatami en grupo o por parejas, de salir del tatami, etc.
Mientras Pedro explicaba alguna de estas cuestiones llegó acalorada la secretaria Kim, ataviada de “jakama” y descalza. Empezó a darnos algunas instrucciones para el momento en que accedieran los maestros al pabellón en que nos encontrábamos. Poco después se podía cortar el aire con un cuchillo. Escuché sus alumnos decir en inglés que ya venían y grité: “ya están aquí”. Nos pusimos firmes sobre el tatami y, tan pronto vimos la figura del maestro Hamada comenzamos a aplaudir como se nos había indicado. Giramos al tiempo que los maestros se dirigían a la presidencia sin dejar de aplaudir hasta que tomaron asiento bajo las banderas de la organización Dai Nipón Butoku Kai (DNBK), de España, de Japón y de Chile (en honor a los dos nuevos miembros Herbert Aroca y su alumno Luis). Por cierto que instantes antes de comenzar el acto se hubieron de mover uno diez centímetros por instrucción de la secretaria Kim. Dos compañeros tuvieron que buscar una larga escalera para desatar las banderas y volverlas a atar un poco más abajo.
Sonaron los himnos de España y Japón, asistimos a los discursos de los maestros Hamada, Kuwa Hara y Dabauza. Y se nos indicó que saliéramos ordenadamente del tatami. Luego, la delegación española formó para comenzar las demostraciones. Tras salir en orden al tatami y saludar a la presidencia nos sentamos (es un decir) en posición “seiza”. Es decir, que nos arrodillamos al estilo tradicional japonés. Así permanecimos mientras los maestros Kitano y Kuwa Hara, junto al señor Koshima, realizaron diversas demostraciones de gran belleza. La que más me impresionó fue la del maestro Kuwa Hara, pero no cuando fue realizando diferentes técnicas de defensa contra puñetazos patadas o agarres. Me impresionó aún más cuando dio una instrucción a su ayudante el señor Koshima y éste empezó a proyectar al maestro. Ver a todo un maestro de 85 años salir por los aires y caer con naturalidad me pareció un gesto de humildad, muy a tener en cuenta. Tal manifestación del espíritu budo del que están dotados estos grandes maestros lo considero todo un regalo.
Cuando el maestro Dabauza anunció que comenzaría la demostración de los aspirantes a yu-yitsu “sho-dan”, intenté ponerme en pie de un salto; había llegado mi turno. Los pies me fallaron y no fui todo lo ágil que pretendía ser. Llevaba arrodillado cerca de media hora. Afirmé los pasos con diligencia, pero sin presura y así recuperé la movilidad en los pies. Después… Dicen que realicé un buen examen. Yo pasé muy malos días pensando en que mi nivel no era el que me hubiera gustado alcanzar. Pero he sido competidor y sé lo que hay que hacer cuando llega el momento; simplemente concentrarse absolutamente en el fin que se persigue y aplicar los cinco sentidos en ello; la máxima atención y todo el esfuerzo necesario. Al acabar nos retiramos de espaldas hasta el mismo sitio y volvimos a ponernos de rodillas (en “sheiza”). El resto de compañeros fueron realizando sus demostraciones. Todos estuvieron a gran altura, en especial el maestro Enjuto. Me sentí orgulloso de conocerle desde hace décadas y de haber entrenado con él muchos años atrás. Más tarde supimos que el maestro Hamada había quedado satisfecho con las demostraciones y particularmente con la de Antonio Enjuto. En cambio, tres muchachos que hicieron una demostración de iai-do o de iai-yutsu (manejo de la espada japonesa o katana) no gozaron de la misma consideración para el maestro. Les recomendó acudir a practicar con alguno de los maestros de la especialidad que la DNBK tiene en Europa. Llegó a explicarles que habían realizado movimientos de película de Hollywood. Lo lamenté por ellos pues son excelentes personas, alumnos aplicados y sólo hicieron lo que les ha enseñado su maestro.
Cuando uno participa en un examen de este tipo, como el que aquí se describe, no puede ser tan ingenuo de pensar que tras su demostración todo ha concluido. Personas como el maestro Hamada siguen escrutando todo a su alrededor. Están acostumbrados a analizar cuanto les rodea, con gran capacidad. De manera que tras mi examen volví a adoptar posición “seiza”. En ese momento ya eran pocos los compañeros que permanecían arrodillados al estilo tradicional. Los más se encontraban sentados con las piernas dobladas y entrelazadas.
Hube de permanecer de rodillas cerca de dos horas. Sólo hubo un momento en que por confusión creía que se nos instaba a poner en pie y pude, por ese error estirar un poco las piernas. Apenas fueron unos segundos, pero me reconfortó que la sangre volviera a fluir por mis venas presionadas. Cuando todo acabó, mis pies estaban amoratados y me costó caminar. Era el momento en que el maestro Kuwa Hara explicaría algunas técnicas para que las practicásemos.
Las aplicaciones que el maestro demostró fueron pocas y sencillas. Sin embargo estaban ejecutadas con una exquisita técnica y eficacia. Me apliqué con energía a practicar lo enseñado y, enseguida, fui corregido por los maestros. Esa no es mala señal. Los orientales suelen corregir sólo a quienes creen estar interesados en progresar. Por este motivo me llené de orgullo y me apliqué aún con más entusiasmo. Es cierto que tras caer y levantarse del suelo cerca del centenar de veces hay que empezar a tener algo más que paciencia para seguir concentrado y continuar practicando las mismas técnicas, sin detenerse. De hecho, me pareció ver de refilón que algunas parejas de compañeros paraban y charlaban distraídamente sin ejecutar ninguna técnica. Pero viendo el espíritu con que me aplicaba, junto a mi compañero Joaquín, los maestros volvían a acercarse a nuestro lado y, en ocasiones nos enseñaban alguna variación de las técnicas que estábamos ejecutando.
V. La prueba sorpresa
Hubo un momento en que pronunciaron mi nombre en alto, junto al de tres compañeros más. Se me indicó que acudiera a arrodillarme frente a uno de los alumnos americanos del maestro Hamada. Me puse frente a Eric, un virginiano de complexión fuerte, unos 25 años de edad y algo más alto que yo, pero también más ligero. El maestro colocó al resto de sus alumnos mayores (Perry, Margerite y Eric), frente a los demás españoles convocados para la prueba sorpresa. Yo acudí sin saber en qué consistiría, pero tomando conciencia de que era importante.
El maestro Hamada habló, pero nadie tradujo. Yo entendía su inglés, pero se encontraba lejos de mí y no pude escuchar lo que decía. Miré a mi oponente y vi que de su cinturón, semioculto en su “jakama” (faldones) había una especie de palito negro. De repente, Eric se abalanzó sobre mí tras coger el tal palito que resultó ser un cuchillo de madera. Me dio tiempo a esquivar la estocada, e incluso, pese a no ser especialista, respondí con un soberbio puñetazo, que detuve a escasos centímetros de su sien derecha. Pero Eric, lejos de intimidarse recogió el brazo y lanzó tres cuchilladas más, dos de las cuales me hubieran herido con gravedad, si no se tratase de una simple prueba. Tengo que decir que su actitud me desconcertó. Así es que volvía a la posición frente a él y tensé todos y cada uno de mis nervios. Casi sin tiempo a prepararme, Eric volvió a lanzar varios ataques más. Entonces comencé a defenderme con mucha agilidad, pero siempre acababa levantándome y sin conseguir atrapar el brazo atacante en una palanca o movimiento de luxación, como hubiera sido mi deseo. Cada vez que defendía escuchaba gritar airado al maestro Hamada. Estaba seguro de que recriminaba alguna de mis defensas. Una vez entendí que no quería que nadie se levantara del suelo para defenderse. Empecé a carearme… me explicaré. Mi sentimiento no era el de estar enfadado o contrariado. Aceptaba la prueba e incluso una parte de mí disfrutaba un instante, cuando conseguía repeler los centelleantes ataques del poderoso brazo de Eric. Pero hubo un momento en que empecé a tomar conciencia de que estaba siendo realmente atacado; de que de no ser un cuchillo de palo el que se me lanzaba, estaba a punto de morir o ser gravemente herido si no actuaba con total precisión. Así es que, mientras respiraba profundamente en “seiza”, preparé una defensa definitiva. Recordé que soy más yudoca que yu-yitsuca y dejé mi mente en blanco para permitir que fluyera dentro de mí una correcta respuesta. Eric lanzó una cuchillada recta, directa al estómago. Me dio tiempo a esquivar parcialmente el brazo con mi mano izquierda mientras deslizaba el cuerpo a un lado. Tenía el espacio justo para sacar mi pierna derecha lanzando con fuerza mi pie derecho hacia su rodilla izquierda, mientras atrapaba con ambas manos la muñeca del brazo que sostenía el cuchillo de palo. El resto es un gesto que ya he practicado infinidad de veces, quizás millones de veces. Acabé con mi compañero recostado, con todo el cuerpo estirado y su brazo atacante estirado. Le estaba aplicando un poderoso “ude isigui yuyi gatame”; mi luxación favorita. Eric abandonó y al ir a colocarse le vi un gesto de dolor. Miró hacia su maestro como para pedir ser sustituido, mientras se tocaba la rodilla. Intentó arrodillarse y quedó con una pierna un poco encogida. Le pedí disculpas y me contestó que no me preocupara. Luego supe que tenía un problema en su rodilla izquierda. Lo cierto es que también yo tengo rodilla derecha muy mal. Falla cuando menos lo espero y tras haber sidos extirpados los dos meniscos, sigue dando algunos problemas que los médicos no aciertan a explicar con claridad. Eso quiere decir que, de vez en cuando, tras algún entrenamiento, llego a casa cojeando y paso luego muchos días arrodillándome para saludar a mis alumnos con grandes dolores y sin conseguir sentarme sobre los talones, por la inflamación de la articulación.
Sea como fuera, tras aquel movimiento Eric se relajó algo y yo perdí mi concentración. No estuve tan afortunado en los siguientes movimientos y llegué a experimentar una vergüenza tremenda. Tras varios ataques más, empecé a observar que Eric estaba más alto. Mientras yo permanecía sentado sobre los talones, él permanecía con los dedos de los pies enervados y firmemente apoyados sobre el suelo. Su jakama evitaba que yo hubiera apreciado este detalle. Este simple detalle le hacía mucho más rápido que antes. Cuando me di cuenta adopté la misma postura que mi oponente y entonces volví a neutralizar los ataques. Sólo fue en un par de ocasiones o tres, pues la prueba había concluido. Nos arrodillaron frente a nuestros oponentes y entonces pude escuchar al maestro que indicaba que había que perseverar en este tipo de entrenamientos. Apenas podía controlar mi jadeante respiración y temí que un acceso de mi fastidiosa asma me jugara una mala pasada. Cerré los ojos y me concentré en los latidos de mi corazón, mientras empezaba a notar que se producían tenues silbidos al respirar. Estaba a punto de tener un bronquio-espasmo. Conseguí controlar la situación. Me levanté para saludar en pie a Eric y descubrí entonces que tenía la uña del pulgar del pie derecho parcialmente arrancada. El dedo estaba ensangrentado, pero no había sentido ningún dolor en ningún momento. Supongo que la uña se partió en el momento de aplicar “yuyo-gatame”, pero no lo se.
Cuando acabamos la prueba acudí a seguir practicando con Manuel Rojas que estaba formando un trío. Entonces, tras ejecutar algunas técnicas de las que estaban practicando quienes no se aplicaban en las pruebas del maestro, Manuel me pidió que tradujera al señor Koshima que se encontraba mal. Pidió que se le permitiera salir del pabellón, porque estaba sufriendo un ataque de asma.
Cuando acabamos el seminario me di cuenta de que tenía la chaqueta de mi querido yudogui Mizuno, absolutamente empapada y pegada a la espalda. Los años no pasan en balde y mi cuerpo tiene más cantidad de grasa que la que me gustaría reconocer. Pero estaba muy satisfecho, aunque empezaba a tomar conciencia del cansancio que se acumulaba en mis músculos y articulaciones.
Lanzamos los tres gritos de “banzai” y mostramos nuestro júbilo a la conclusión de la jornada, con gritos de alborozo. Aún quedaba algo…
El maestro Hamada habló, pero nadie tradujo. Yo entendía su inglés, pero se encontraba lejos de mí y no pude escuchar lo que decía. Miré a mi oponente y vi que de su cinturón, semioculto en su “jakama” (faldones) había una especie de palito negro. De repente, Eric se abalanzó sobre mí tras coger el tal palito que resultó ser un cuchillo de madera. Me dio tiempo a esquivar la estocada, e incluso, pese a no ser especialista, respondí con un soberbio puñetazo, que detuve a escasos centímetros de su sien derecha. Pero Eric, lejos de intimidarse recogió el brazo y lanzó tres cuchilladas más, dos de las cuales me hubieran herido con gravedad, si no se tratase de una simple prueba. Tengo que decir que su actitud me desconcertó. Así es que volvía a la posición frente a él y tensé todos y cada uno de mis nervios. Casi sin tiempo a prepararme, Eric volvió a lanzar varios ataques más. Entonces comencé a defenderme con mucha agilidad, pero siempre acababa levantándome y sin conseguir atrapar el brazo atacante en una palanca o movimiento de luxación, como hubiera sido mi deseo. Cada vez que defendía escuchaba gritar airado al maestro Hamada. Estaba seguro de que recriminaba alguna de mis defensas. Una vez entendí que no quería que nadie se levantara del suelo para defenderse. Empecé a carearme… me explicaré. Mi sentimiento no era el de estar enfadado o contrariado. Aceptaba la prueba e incluso una parte de mí disfrutaba un instante, cuando conseguía repeler los centelleantes ataques del poderoso brazo de Eric. Pero hubo un momento en que empecé a tomar conciencia de que estaba siendo realmente atacado; de que de no ser un cuchillo de palo el que se me lanzaba, estaba a punto de morir o ser gravemente herido si no actuaba con total precisión. Así es que, mientras respiraba profundamente en “seiza”, preparé una defensa definitiva. Recordé que soy más yudoca que yu-yitsuca y dejé mi mente en blanco para permitir que fluyera dentro de mí una correcta respuesta. Eric lanzó una cuchillada recta, directa al estómago. Me dio tiempo a esquivar parcialmente el brazo con mi mano izquierda mientras deslizaba el cuerpo a un lado. Tenía el espacio justo para sacar mi pierna derecha lanzando con fuerza mi pie derecho hacia su rodilla izquierda, mientras atrapaba con ambas manos la muñeca del brazo que sostenía el cuchillo de palo. El resto es un gesto que ya he practicado infinidad de veces, quizás millones de veces. Acabé con mi compañero recostado, con todo el cuerpo estirado y su brazo atacante estirado. Le estaba aplicando un poderoso “ude isigui yuyi gatame”; mi luxación favorita. Eric abandonó y al ir a colocarse le vi un gesto de dolor. Miró hacia su maestro como para pedir ser sustituido, mientras se tocaba la rodilla. Intentó arrodillarse y quedó con una pierna un poco encogida. Le pedí disculpas y me contestó que no me preocupara. Luego supe que tenía un problema en su rodilla izquierda. Lo cierto es que también yo tengo rodilla derecha muy mal. Falla cuando menos lo espero y tras haber sidos extirpados los dos meniscos, sigue dando algunos problemas que los médicos no aciertan a explicar con claridad. Eso quiere decir que, de vez en cuando, tras algún entrenamiento, llego a casa cojeando y paso luego muchos días arrodillándome para saludar a mis alumnos con grandes dolores y sin conseguir sentarme sobre los talones, por la inflamación de la articulación.
Sea como fuera, tras aquel movimiento Eric se relajó algo y yo perdí mi concentración. No estuve tan afortunado en los siguientes movimientos y llegué a experimentar una vergüenza tremenda. Tras varios ataques más, empecé a observar que Eric estaba más alto. Mientras yo permanecía sentado sobre los talones, él permanecía con los dedos de los pies enervados y firmemente apoyados sobre el suelo. Su jakama evitaba que yo hubiera apreciado este detalle. Este simple detalle le hacía mucho más rápido que antes. Cuando me di cuenta adopté la misma postura que mi oponente y entonces volví a neutralizar los ataques. Sólo fue en un par de ocasiones o tres, pues la prueba había concluido. Nos arrodillaron frente a nuestros oponentes y entonces pude escuchar al maestro que indicaba que había que perseverar en este tipo de entrenamientos. Apenas podía controlar mi jadeante respiración y temí que un acceso de mi fastidiosa asma me jugara una mala pasada. Cerré los ojos y me concentré en los latidos de mi corazón, mientras empezaba a notar que se producían tenues silbidos al respirar. Estaba a punto de tener un bronquio-espasmo. Conseguí controlar la situación. Me levanté para saludar en pie a Eric y descubrí entonces que tenía la uña del pulgar del pie derecho parcialmente arrancada. El dedo estaba ensangrentado, pero no había sentido ningún dolor en ningún momento. Supongo que la uña se partió en el momento de aplicar “yuyo-gatame”, pero no lo se.
Cuando acabamos la prueba acudí a seguir practicando con Manuel Rojas que estaba formando un trío. Entonces, tras ejecutar algunas técnicas de las que estaban practicando quienes no se aplicaban en las pruebas del maestro, Manuel me pidió que tradujera al señor Koshima que se encontraba mal. Pidió que se le permitiera salir del pabellón, porque estaba sufriendo un ataque de asma.
Cuando acabamos el seminario me di cuenta de que tenía la chaqueta de mi querido yudogui Mizuno, absolutamente empapada y pegada a la espalda. Los años no pasan en balde y mi cuerpo tiene más cantidad de grasa que la que me gustaría reconocer. Pero estaba muy satisfecho, aunque empezaba a tomar conciencia del cansancio que se acumulaba en mis músculos y articulaciones.
Lanzamos los tres gritos de “banzai” y mostramos nuestro júbilo a la conclusión de la jornada, con gritos de alborozo. Aún quedaba algo…
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