Han pasado varios días, pero todavía estoy como en una nube.
Tampoco sé lo que me llevará escribir todo lo que siento; si es que
alguna vez lo consigo. Las emociones han sido muchas y muy fuertes.
Hace unas semanas mi amigo Pepito (José Luis de Antonio) vino
a tomar un café conmigo cerca de casa. Estaba acompañado de nuestro
amigo común Manuel Rojas. En un momento de la conversación
me anunciaron que habían pensado en hacerme un homenaje. Me emocioné
y les quise quitar la idea de la cabeza. Pero estaba muy firmemente
arraigada. Precisamente el mismo argumento que yo esgrimía me lo
sabían utilizar en mi contra (aunque sigo un poco en desacuerdo).
“Es que te lo mereces”, decían. Yo decía que no, claro.
Quiero decir, antes de seguir, que conocí a Pepito en el Samurai y
que de allí pasamos al Banzai. De eso hace tantos años que no tengo
ni ganas de recordar cuándo fue. Eramos unos adolescentes eso sí
que lo recuerdo perfectamente.
Por si alguien se cansa de leer esta crónica (y no quiere continuar)
voy a resumir en tres palabras, como dice un gran amigo mío:
Gracias, gracias, gracias.
No me lo tomé muy en serio y la sola intención ya me pareció
suficiente regalo. Hasta que un buen día, hace unas tres semanas,
más o menos, José Luis de Antonio me dijo que me enviaría el
cartel del curso para que diera mi opinión. La actividad sería el
domingo 28 de noviembre en las instalaciones (a las que tengo mucho
cariño y en las que he tenido la suerte de estar en multitud de
ocasiones) del Kensington School. La idea era ofrecer una sesión
infantil y a continuación otra de adultos. Finalmente ambas se
simultanearon pues el despliegue en cuanto a tatami distribuido fue
importante. Se contaba con mucho espacio. Se empezó, como estaba
previsto a partir de las 10.00 horas. Todo seguía adelante.
Fueron unos días de nervios. Desde que supe que la cosa iba en serio
no lograba quitarme un cierto hormigueo en la tripa. Pensé en llamar
a mucha gente. Quería compartirlo con muchísimas personas. Luego
pensé que eso era un error y me limité a colgar el cartel en las
redes digitales que manejo. Sólo envié un mensaje a dos personas,
(dos personas especiales para mi), rogándoles que no se sintieran
comprometidos. Un antiguo alumno que hoy es gran amigo, Christian
Taconet. Y mi compañero de trabajo -por decir algo- Alberto
Álvarez al que conocí sobre un tatami en alguna actividad que,
creo recordar, organizamos nosotros mismos. Por dar una pincelada
sobre sus vidas, diré que el primero trabaja en ABC y parece que le
falta el tiempo en ayudarme cada vez que le pido (demasiado
frecuentemente) me resuelva algún problema informático; el segundo,
es el actual director de Deportes de Parla, cargo que llegó a
desempeñar para la Comunidad de Madrid, y que me ha ayudado mucho
laboralmente y en toda mi vida. Yo no tengo hijo (varón), ni hermano
(varón). Bueno, miento… les tengo a ellos.
Alguna noticia me fue llegando de cómo se iba gestando todo, de los
que iban a intentar acercarse. Pero a juzgar por el resultado final,
que fue apoteósico, me llegó muy poco. Antes de seguir quisiera
decir que los que no pudieron acercarse es como si hubieran estado.
Ellos saben que les llevo en el corazón. Los hay que incluso
llegaron a la puerta equivocada o cerrada y no pudieron estar con
nosotros. Además, algunos (de los que fueron o de los que no
pudieron asistir) dejaron un afectuoso mensaje con cuyas imágenes se
encargó la profesora del CDE WLAC yudo, Naira Pérez,
de montar un emotivo vídeo que puso punto final a la velada. Se
puede ver en el siguiente enlace:
https://drive.google.com/file/d/1-3P3vMMLr-a2p-moJeMkqOcoXse9nww5/view?usp=sharing
La profesora Naira fue parte
importante en el evento al que acudió con su madre, su hermano
(clasificado como ella para
el Campeonato de España) y una alumna suya,
con lo que se puede decir que la semilla está bien plantada. Todo un
orgullo.
Hablando de alumnos, me fue muy
grato saludar a algunos de ellos, especialmente a los que hacía
lustros que no veía. Los
famosos “trilli” a los que tuve que pedir se quitasen las
mascarillas por ver si era capaz de reconocerles como hace años. Ni
por esas.
Ya he heblado de ellos y no quiero
seguir por el riesgo de
olvidar a alguien, cosa que me parecería injusto. Pero sí quiero
expresar aquí lo agradable que fue presenciar el mencionado vídeo,
con mensajes llenos de afecto, incluso emitidos desde fuera de
España. También hubo quien
se acercó expresamente al evento pese a vivir fuera de Madrid. Toda
una gesta.
Pero volvamos al relato del gran
día. Christian había quedado en pasar por casa para llevarnos, a
Cristi Carbonell -mi
santa compañera- y a mi, hasta el Kensington. Llegó a la hora
acordada y, enseguida, vimos que llegábamos pronto. Como él mismo
se encargó de recordar era la primera vez que tenía que llegar el
último en vez de ser el primero. Esperamos un poco en el coche.
Cuando ya por fin me cambié, para
mostrarme como el yudoca que alguna
vez fui y
como hacía años que no me uniformaba, inicié el camino hacia la
gran sala. No se oía nada y sólo veía a mi amigo José Luis, al
fondo. Yo entonces no lo sabía pero era como si subiese lentamente
la
primera gran altura de una
montaña rusa. A partir de ahí todo fue vertiginoso.
Muchísima gente me estaba
esperando en el tatami, todos en fila con mucha ceremonia y en
silencio pese a que había
muchos niños. También
mucha gente estaba asistiendo al evento deportivo, como público. Yo
parecía una estrella de la canción. Algunas personas más me
seguían con sus móviles tomando imágenes mientras se oían
aplausos que me costó identificar como propios; eran para mi. Llegué
a desorientarme y me fui para el lado contrario al que se supone
debía ir. Quería buscar un sitio donde ocultarme un poco, pasar
desapercibido y no molestar. No
lo había. No comprendía
que todo eso era por mi.
Me costaba identificar rostros
entre tanto aplauso. Finalmente, fui a donde me indicaron y mi
sorpresa fue mayúscula. Entonces descubrí
asombrado que me esperaban nada menos que mi maestro Rafael
Ortega y su inseparable Puri
Polo. El abrazo fue tan largo
como emotivo. Gritamos
sin palabras nuestro sentimiento, un grito sordo que todos los
presentes escucharon sin necesidad de oír nada.
Afortunadamente, José Luis dio una
palmadas para dar comienzo a todo, y yo pude dejarme caer en un
silla. Estaba exhausto y sin embargo notaba la energía por todas
partes. Toda una paradoja: lo que me estaba haciendo más fuerte, me
debilitaba por otro lado.
Creía que ya había acabado todo y
no había hecho más que empezar. Todo el mundo se acercaba a
saludarme. Bueno, todo el mundo no. También vi a mucha gente que
esperaba un momento de sosiego para no molestar o hacerlo lo menos
posible. Algunos me daban
recuerdos de quienes no habían podido acudir; de lo mucho que lo
sentían.
Entre los llamados grandes maestros
pude saludar a Rodolfo Cruz,
Javier Linger, Paco
Lorenzo, Pili Nieto,
José de Mingo,
Francisco Silvestre,
César Iván Rosado,
Vicente Alarcón,
Alberto Blanco,
Alberto Álvarez
(cito sin ningún orden según me vienen a la cabeza). También a los
que pronto lo serán -si es que no lo son ya de alguna manera- como
Naira Pérez, Francisco José “Curro” Pérez, Francisco Javier Alumbreros y Sergio Adrados Andrés.
Además, charlé con viejos yudocas y con algunos que se pusieron el
yudogui, como deferencia, después de buscarlo más de lo deseado.
Saludé a alumnos
formados bajo mi influencia que hoy día entrenan en otros clubes. A
alumnos
antiguos a los que la vida ha llevado por derroteros distintos a los
del propio yudo. A alumnos
que hoy entrenan bajo la dirección de Naira, mi mano derecha. En
definitiva, amigos de multitud de procedencias siendo casi constante
que la amistad se fraguase en un tatami. Curioso: cuanto más se
alejan del concepto de “mis alumnos” más ganan en el de “mis
amigos”.
Me gustaría aquí citar a todos,
pero no quiero extenderme, además de que corro el riesgo
imperdonable de olvidar a alguien. Sería más por culpa de mi
maltrecha memoria que de las profundas vivencias a su lado. Sí
quiero, en cambio,
resaltar alguna anécdota o escena ya que ahora tengo la ocasión.
Algunas escenas reseñables
Allí estaba todo un diploma
olímpico como Paco Lorenzo, con Pili Nieto a la que conocí mejor
cuando ambos apoyamos la lista de los que resultaron perdedores en
las últimas elecciones a nuestra Federación Madrileña
de Yudo. Me recordó que
empezó haciendo yudo en el Sagrado Corazón al que fui a veces a
entrenar, cuando era un
chaval, porque había buena
gente con la que me llevaba muy bien y… ¡muchas chicas guapas! Con
Paco Lorenzo coincidí en Pamplona en el que fue para ambos nuestro
primer Campeonato de España. Ambos
éramos “cadete”. La que
montamos en el hotel fue antológica. Ninguno de los dos quisimos
ahondar en nuestros recuerdos… así de grande la liamos.
También estaba Mingo al que conocí
por una historia
que paso a narrar.
Recibí, un buen día una llamada
de la Federación. Muy amablemente me pedían permiso para dar mi
teléfono a Mingo. “¿Le conoces?” me preguntaban. Claro que le
conocía. ¡Menudo
curriculum! Como para no conocerle. Pero
entendí que buscaba algún sitio para entrenar. Por
lo que contesté que estaría
encantado pero que no teníamos
nivel para él. Me contestaron que no era para él sino para el hijo
de una amiga que vivía en
Parla. El chavalín pasaba
por episodios de ira y habían pensado en medicarle. Se trataba de un
niño de seis o siete años. Me pareció un disparate lo
que habían propuesto como solución
y contesté: “vamos a darle una oportunidad al yudo”. Así
es que me trajeron al conflictivo muchacho con el que enseguida
conecté. No tuve ningún problema con él ni él
lo tuvo con sus compañeros;
era un niño más. Hasta el punto estaba
integrado en su clase que,
al poco, también se inscribió su hermana, algo mayor que él,
seguramente por su
influencia. La muchacha
llegó a clasificarse para un campeonato de España infantil.
Resultó que Mingo tenía mucha
amistad con el que llegó a ministro de Industria, Miguel
Sebastián. Estamos
hablando de la nieta de esta gran personalidad; dos de sus hijos son
los que practicaron yudo conmigo.
Así
es que
todo un ministro vino a ver nuestra actuación en el Festival de
Navidad organizado por la Federación en Villaviciosa de Odón en
diciembre de 2010.
fue
un verdadero honor.
Ahora
Mingo retransmite habitualmente campeonatos,
sobre todo internacionales, y despide sus conexiones haciendo
referencia a un buen
amigo
suyo
con la frase “nos vemos en los tatamis”. ¿Les suena?
Entre las grandes sorpresas que me llevé estuvo la de ver a mi hija
Yaiza Martín con mi nieta. Una alegría más de este intenso
día pues vive cerca de mi y, sin embargo, no es todo lo
constantemente como desearía lo que veo a ambas. Pero como dice una
amiga de la que ahora paso a hablar: “lo importante es que les vaya
bien y si hay algún problema ya saben donde estoy”.
Yaiza llegó a cinturón negro y consiguió disputar un Campeonato de
España tras proclamarse campeona de Madrid de la categoría cadete.
Por entonces entrenaba en el Banzai con Rafa a quien saludó con
mucho cariño. También para ella ha sido y es una persona muy
importante.
Voy a hablar ahora de esa amiga, Elena Solís, que apareció
un día por el colegio Ciudad de Guadalajara a recoger a sus hermanos
que practicaban yudo conmigo. Por entonces tenía de ayudante a
Christian, pero, en un primer momento, no coincidieron. Así es que
viendo a la guapa jovencita que había aparecido por allí, enseguida
pensé en él.
Pasaron uno días hasta que coincidieron. Me jacto de decir que les
presenté y animé a charlar. Creo que no hacía falta. Hoy día han
formado una entrañable familia, cuyo hijo Enzo Taconet no quiso
perderse el acontecimiento. El pelirrojo muchacho, que está
preparándose para obtener el cinturón negro, tiene la deferencia de
considerarme maestro suyo. Pero en realidad, se ha formado (en el
aludido Ciudad de Guadalajara) con mi mujer Cristi (como él mismo
reconoce). Por cierto que hace muchos lustros, ese colegio “me lo
pasó” Manolo Ortega, el hermano de Rafa. Yo creo que lo
dejó en buenas manos a juzgar por el mucho tiempo que ha estado bajo
nuestra influencia. Espero que por ahí
también se puedan sentir orgullosos.
Otra anécdota es que mi propia hija se fracturó la nariz con Paloma
Solís la hija de Elena. Fue en un choque durante un inocente
juego: “el león”. Pese al nombre, dicho juego no es violento y
jamás antes, (… ni después), ha sido motivo de accidente alguno.
Para colmo yo estaba separado e insistí mucho en que la niña
viniera a la actividad. (Debió ser cosa del inconsciente). ¡Qué de
recuerdos!
El caso es que me encantó ver a los Taconet en el acto. Christian,
fiel a su carácter, se implicó hasta la médula. Elena no paraba de
tomar imágenes como si yo las mereciera y, mientras, Enzo, no dejaba
de practicar con su tío Gustavo Taconet, que también
practicó yudo en el Ciudad de Guadalajara y luego en el Barrio del
Aeropuerto.
Entre los momentos de los que más disfruté se encontraron los que
pasé charlando con mi maestro Rafael Ortega. Está pasando por
dificultades físicas y, sin embargo, no lo parece. Me dijo:
“nosotros luchamos, que es fácil, pero los que tenemos cerca
sufren”. Estoy totalmente de acuerdo y una vez más me animó sólo
con escucharle.
Dicen que una de las acepciones japonesas para referirse a un maestro
implica la idea del que transita más avanzado por el mismo camino
que uno recorre. Tantas veces me he acercado para preguntar por cosas
que me angustiaban sabiendo que él ya lo pasó en su momento.
Siempre con el deseo de que me impregnase de su sabiduría por tanta
experiencia.
También me recordó que hemos cometido errores pero que nuestros
alumnos han sabido perdonarnos por su cariño. Yo añadí por la
honestidad con que actuábamos; no sabíamos que estábamos errando,
no pudimos evitarlo. Y añadiría que yo también le fallé a él.
Innumerables veces. Ojalá que puesto en una balanza se nivelase con
el otro platillo; aquel donde se colocan mis pocos aciertos (y mi
mucho amor, eso sí...para compensar).
Por último, me gustaría acabar
con algo que escuché a Puri después de abrazarnos en la despedida.
“Mis chicos” dijo y con ello salté (quizás ella también) a
miles de recuerdos. Nostalgia de cuando, sin darme cuenta de lo
confortable que estaba, yo era precisamente eso: uno de sus chicos,
un chico de Caño Roto haciéndose hueco en la gran familia del
Banzai. Un chico haciéndose
yudoca.
NOS VEMOS EN LOS TATAMIS
Colección de vídeos
Colección de fotos