- Desastroso balance deportivo: Itziar no da el peso, Carlos y Miguel pierden en el primer encuentro y no repescan

Ha sido un viaje agotador, pero muy enriquecedor. Ha sido una paliza en muchos sentidos, pero hemos vuelto a aprender muchas cosas. Lo más importante, seguramente ha sido comprobar el sentido de la hospitalidad de algunas personas. Ya sabíamos que Galicia tiene merecida fama de tierra acogedora que se abre a sus visitantes con naturalidad y generosidad. Pero, al haber sido atendidos por a la familia Mingorance Figueira hemos conocido el alcance de lo que significa hospitalidad. La forma en que se han abierto a nuestro grupo ha sido espectacular. Sus atenciones han estado por encima de toda expectativa. Nos han colmado de atenciones, casi hasta sentirse un poco ruborizados, por no saber cómo agradecer tanto desvelo. Esperamos haber sabido agradecer lo suficiente el trato recibido, que, desde luego, ni esperábamos, ni merecíamos. Para colmo, pese a haber llegado en día borrascoso a Vigo, el sábado amaneció con el cielo abriéndose en una mañana de azul intenso, sol radiante y temperatura agradable.

Nuestra llegada se produjo con precisión. Llegamos al Hotel Coia para acreditar a nuestros cadetes con diez minutos de margen. De hecho, fuimos los primeros en acreditarnos. Itziar Sánchez, Carlos Mingorance y Miguel Serrano recogieron sus acreditaciones y las vistosas camisetas que les regaló la organización y esperamos a encontrarnos Marco, el tío de Carlos Mingorance. Actuó de cicerone y empezó a demostrar la valía de tener tan fiel aliado en una ciudad grande y cosmopolita como es Vigo. De ese modo, pudimos acudir al domicilio de la abuela de Carlos donde quedarían alojados nuestros yudocas y, después, nos desplazamos al Hotel Playa de Vigo, donde tenían reservada habitación los profesores Cristina y Wladi. El Hotel era maravilloso. Una casona de campo habilitada para albergar en sus coquetas habitaciones a gentes llegadas de los más variados lugares, enclavado en frente de la playa de Samil. La habitación de los profesores tenía espectaculares vistas a la bahía, con las islas Cíes al fondo.

Una vez acomodados, cada cual en su lugar, pasamos por el Hotel para ver el sorteo y, luego, nos fuimos a cenar. Fuimos todos, pero Gisela, la madre de Carlos no llegaba. Había salido de Madrid unas horas después de nosotros y se había encontrado con todo tipo de obstáculos; un fenomenal atasco de una hora para salir de la M-50 a la carretera de La Coruña, tráfico lento en casi todo el recorrido, con paradas intermitentes, una tormenta bíblica al llegar a tierras gallegas… Pese a todo, acabamos cenando todos juntos, sentados a la misma mesa. Por fin había llegado Gisela con los dos hermanos (también yudocas) de Carlos, justo a tiempo de unirse a nuestro grupo que ya se aprestaba a degustar algunos de los maravillosos productos culinarios de las tierras que visitábamos. Una vez más la generosidad de nuestros anfitriones fue apabullante al invitarnos a tan rica cena que, lamentablemente, Itziar no pudo ni catar. Y ahora vamos con ese asunto a ver si nos dejamos de tonterías para el resto de la historia de nuestro Club.
El pesaje a primera hora
Nos retiramos pronto a descansar, después de un viaje agotador y una noche metida en agua (vaya borrasca). En la mañana del domingo, el cielo empezó a abrirse desde temprano y parecía que se alejaba la tormenta. Pero otra empezaba a producirse en el Hotel Coia. Itziar, pese a su obstinado ayuno de la noche anterior, se pasaba más de 1,7 Kg. del peso en que había decidido inscribirse. Una estúpida máquina llamada báscula fue capaz de explicarle con nitidez lo que no había entendido a su profesor.

Vamos a aprovechar a explicar en público lo que pensamos de las bajadas de peso para las competiciones y de paso esperamos que lo lean algunos listillos de la profesión (más fariseos que los judíos de Babilonia).

En nuestro club no inducimos a nadie a bajar de peso para participar en un campeonato. Tanto menos si se trata de un niño o adolescente, que debe completar su formación y desarrollo sin hacer ‘gilipoyeces’ (y perdón que seamos tan claritos). Y si alguno de nuestros muchachos ha caído en la tentación de bajar un kilillo, por decirlo así, casi siempre ha sido por tener el ejemplo de gentes de otros renombrados gimnasios que tienen merecida fama de obrar así con sus pupilos (sean de la edad que sean) y ahora se nos ponen más papistas que el Papa.
El caso es que empezamos la mañana tratando de consolar a Itziar, que, eso está claro, ha aprendido la lección para toda la vida. Luego, Miguel y Carlos pasaron el control de peso sin ningún problema y volvimos a organizar dos grupos para darnos cita, horas después, en el Pabellón del Berbés.

Este tiempo lo emplearon los muchachos en hacer un almuerzo en previsión de las largas horas que podrían tener que invertir en el campeonato (como así sucedió). Por su parte, los profesores se encontraron con una inestimable oportunidad de acudir a la Piedra donde cumplieron con el rito de saborear un rico caldo de la Ribera Sacra acompañada de un manjar extraído de las entrañas del Atlántico.
Arranca la competición
Lo primero que se pudo comprobar, en cuanto accedimos al Pabellón del Berbés, era altísimo nivel del campeonato. No en vano había representantes de lo más florido de la categoría cadete desplazados desde Alemania, Italia, Portugal, Suecia y… hasta de Argentina. Por supuesto, también había representantes de clubes de la práctica totalidad de las Comunidades Autónomas de España. Hasta de Parla había un club pese a que el Ayuntamiento de esta localidad jamás ha echado una mano al yudo como sí se ha desvivido con el balonmano o el triatlón (que juntos no tienen ni la mitad de licencias que el yudo), por poner un par de ejemplos. Pero esa es otra cuestión.
En lo meramente deportivo nos gustaría ampliar esta crónica con las hazañas de nuestros yudocas pero no hubo ni la menor opción. Carlos Mingorance salió con mucho brío y colocó un fenomenal movimiento de hombro del que se escapó por los pelos su experimentado rival de Castilla La Mancha. Luego, cuando se veía que el encuentro estaba muy igualado, pero que Carlos tenía claras opciones si volvía a conectar su morote-seoe-nague, quiso contra-atacar a su rival y no realizó bien el gesto de ura-nague (mil veces corregido en clase por el profesor). Carlos se acabó echando encima a su rival regalándole un ipón que salió barato para el manchego y dejó sin opciones a nuestro cadete (ni siquiera pudo entrar en repesca).

Otro tanto le ocurrió a Miguel que, a fin de cuentas está en su primer año de cadete y que tiene, cómo el bien sabe, que seguir madurando mucho (en todos los sentidos), si es que quiere llegar a ser yudoca (con todo lo que eso significa). Apenas tuvo opciones en su encuentro con el canario, que acabó en 14 segundos. Casi no llegó ni a agarrar a su rival.

Pese a la pronta eliminación de nuestros representantes, hubimos de permanecer en el Pabellón del Berbés hasta pasadas las seis de la tarde, pare ver si se repescaba alguno de los dos. Al cerciorarnos de que no era así, pudimos organizar nuestra partida agradeciendo de todo corazón a la familia Figueira todas sus atenciones. Nos despedimos de todos ellos (la cariñosa abuelita, el tío Marco –nuestro cicerón-, Gisela y sus tres hijos yudocas -Marco Antonio, Santiago y Carlos-) y nos montamos en el coche dispuestos a cubrir los más de 600 kilómetros que teníamos por delante. Poco más de seis horas después poníamos fin a esta nueva aventura, entrada la madrugada del domingo 10 de octubre.

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me he encantado la cronica....sabia mientras iba leyendo que en algun momento iba a llegar a la piedra.
ResponderEliminarUn abrazo M.C.
Ánimo chicos! En los campeonatos las cosas no siempre salen como queremos, pero lo importante es seguir trabajando para conseguir nuestros objetivos. Hasta pronto!
ResponderEliminarTu crónica ha sido estupenda, aunque excesiva en lo que a nosotros concierne. Desde que llegaron los chicos a tus clases, todo ha sido facilidades, incluso a menudo, yudo a la carta. Para nosotros, también ha sido una forma de mostrar nuestro reconocimiento y agradecimiento.
ResponderEliminarUn abrazo de los Mingorance Figueira