4.9.20
2.9.20
1.9.20
22.5.20
Daltonismo (Vieja anécdota)
Hubo una etapa en que mi profesor de yudo, Rafael Ortega, juntó
fuerzas y amistad con Álvaro Pastoriza y con José Luis de Frutos.
Visitábamos los locales de ambos maestros. Sobre todo, por su
amplitud, visitábamos el colegio del madrileño barrio de Chamberí
que regentaba Álvaro Pastoriza. Era el maestro de los hermanos
Gracia (Perico y Miguel Ángel), de Ramón Ayala, del Nano (José
Manuel García García)…
Recuerdo que no
daban la luz (seguramente por ahorrar) y nos arreglábamos con la
poca luz solar que se filtraba por las ventanas. Lo cierto es que se
veía poco. Celebrábamos entrenamientos los sábados y a uno de
ellos acudió otro club más invitado. De esa forma estaba un tal
Ramos, que había quedado, recientemente, campeón de España. Creo
que había ganado a uno de mi club que, desde entonces, tenía
cuentas pendientes con él. El “picado” de mi club era Fidel y se
caracterizaba por tener la vista algo alterada; entre otras cosas era
daltónico.
Era mayor que yo y
por entonces les teníamos mucho respeto a nuestros mayores. Yo para
él era un “kojai” según la nomenclatura japonesa. Le debía
respeto a mi sempai (Fidel lo era por tener ya el cinturón negro y
por ser mayor – también le guardo muchísimo cariño -). Yo venía
a ser un simple meritorio.
En el entrenamiento
había un chaval de mi edad, Blas, que se daba un aire, en lo físico,
al tal Ramos. Se parecían.
Ramos fue conminado
a permanecer haciendo randori (luchas) con cuantos quisieran. Fidel
me dijo que le llevase ante él en la siguiente ocasión. Me lo dijo
con gesto serio y mirándome a la cara. Quería restañar viejas
heridas, sobre todo quería resarcir su orgullo herido -supongo -.
De ese modo me
aproximé a Ramos y le dije que mi amigo quería luchar con él, al
siguiente randori. El muchacho se excusó diciendo que ya estaba
comprometido. Me entró el pánico (teníamos algo más que respeto;
rectifico).
En ese momento se
cruzó conmigo Blas, que era un chico del montón (y más joven como
queda dicho). Le dije que mi amigo Fidel quería luchar con él al
siguiente randori. Se extrañó mucho, pero aceptó como buen yudoca.
Llegó el momento y
llevé a Fidel - casi de la mano - ante el asombrado Blas. Le dio una
soberana paliza con insultante facilidad. Al acabar le oí mascullar:
“¡Vaya mierda…! ¿y ese tío es Campeón de España?”
El joven Blas se
llevó un fuerte correctivo sin saber lo que pasaba, yo me libre de
desairar al sempai Fidel y él seguramente soltó parte de sus
resquemores. No sé si a partir de entonces cogió confianza y ganó
a Blas. Lo que sé es que se veía poco y yo me salvé de males
mayores. Jamás, hasta hoy, dije nada de nada a nadie.
10.5.20
La vieja alumna
Por las mañanas me ocupaba en menesteres periodísticos, por las
tardes daba mis clases de yudo y a ratos llevaba como podía el club.
No me sobraba el tiempo.
Una mañana cogí la
moto y me dirigí a la antigua Universidad Cisneriana de Alcalá de
Henares. No recuerdo ahora si se trataba de una acto en el interior o
necesitaba una foto de su imponente fachada (también ejercía de
fotógrafo). No importa, el caso es que busqué donde dejar la moto y
la llevé a un rincón de la plaza. Me pareció un buen lugar cerca
de la puerta de lo que parecía un cuartel cerrado. Así es que
estaba yo bajándome del vehículo cuando ohí, a mis espaldas, una
voz enérgica, que me pareció recriminaba el que dejase allí la
moto. No obstante la voz tenía algo raro, era de una mujer, por más
que al darme la vuelta asustado, sólo acertaba a ver un soldado.
Estuve entonces en estado de colapso, en una de esas situaciones en
que por más que sabemos que duran poco la sensación es de que el
tiempo se detiene. Creo que mi mente luchaba por encontrar una
explicación plausible para dejar allí la moto y buscar en remotos
lugares a quién pertenecía esa voz. Era una lucha.
Creo que finalmente
encontré la solución, en aquel pozo, gracias a su mirada.
“¡Susana, qué
susto me has dado!”
Se trataba de una
antigua alumna a la que no veía hacía años. Sabía que era militar
porque había coincidido con ella en ese largo lapso, desde que dejó
de practicar, en algún acto que cubrí en la Base Automovilística
de Torrejón de Ardoz. No obstante no esperaba verla con todo el
uniforme reglamentario y el cetme calado.
No me reñía, ni
mucho menos, sino que se intentaba asegurarse que veía, en aquella
extraña circunstancia, a su viejo profesor de yudo.
Tras la anécdota me
contó rápidamente algo de su vida. Tenía que volver a su puesto de
vigilancia no obstante lo cual nos saludamos con mucha alegría.
Pasó algún tiempo
y volví a coincidir con ella en nuestro pueblo. Yo estaba en una
terraza tomando algún refresco y ella se acercó a saludarme. Creo
que también estaba en dicho establecimiento con sus dos hijos y su
marido. Me dijo que le gustaría que sus hijos practicaran yudo como
ella. Que iban a un colegio en el que no daban la actividad (pese a
que en tiempos el yudo lo impartió un amigo).
Me dirigí al centro
con un proyecto y lo presenté pese a que me dio la impresión de que
no me hacían ni caso. Al cabo de un tiempo volví al centro a
preguntar por mi proyecto. Me hicieron menos caso (“ya le
llamaremos”).
Ojalá hayan acabado
implantando la actividad en dicho colegio. Creo que es una gran
herramienta educativa. Pero lo que está claro es que es muy difícil
revivir en nuestros hijos experiencias propias. Tan pronto nacen,
comienzan a desarrollarse como personas ajenas a nosotros. Y puede
que hasta eso sea bueno (al menos para muchas cosas). En todo caso,
es como es.
Como dice Galdeano:
“Fuimos nacidos hijos de los días, porque cada día tiene una
historia y nosotros somos las historias que vivimos”.
9.5.20
4.5.20
El keko
Hace muchos años, cuando ejercía de profesor de yudo, en el colegio
Ciudad de Guadalajara sucedió una historia extraordinaria que paso a
relatar.
El colegio que se encuentra en la Alameda de Osuna nos lo cedió el
hermano de nuestro actual profesor de yudo, Manuel Ortega. Incuso en
este extraño curso seguimos vinculado a este colegio; seguimos
impartiendo las clases después de muchos años.
Un día, acudí por extraño motivo, a la Biblioteca de mi colegio.
Yo era un zagal y me llamó la atención un libro sobre preparación
física de cuyo autor ni me acuerdo. Era de fácil comprensión,
hasta yo lo entendía. Seguramente muchos de sus postulados ya están
más que superados. No importa, en lo que se refiere a este relato.
Lo importante es que tenía una lámina con un cuerpo tipo el hombre
de Vitrubio, pero con sólo dos piernas y dos brazos. En algunas
partes (tobillos, muñecas, pantorrillas, muslos, bíceps…) se veía
una línea punteada de la que salía una flecha para indicar un lugar
en el que se podía anotar lo que medía cada parte indicada.
Yo ya era un inquieto profesor de yudo y creo que arranqué la hoja
pensando que me podría venir bien para mis menesteres.
Pasaron muchos años y, en una de esas, me decidí a utilizar aquella
lámina. La adapté para mis alumnos e hice fotocopias para repartir, adjuntando unas instrucciones. Yo pensaba que se trataba de tener un
cierto control del desarrollo muscular de los niños; de su
crecimiento. Incluso le llegué a poner un nombre al “test”: el
keko.
Debía correr la década de los 80 – yo tendría una veintena de
años – cuando, en pleno curso, se acercó una señora con un niño
de la mano, con la clase comenzada. Me explicó, muy amable, que
había inscrito a su hijo en la actividad, porque le veía muy tímido
y poco deportista. El chavalín, en efecto, se mostraba esquivo y
reservado. De hecho no quería pasar al tatami. Así es que me armé
de paciencia y permití que se quedase sentado al borde viendo a sus
compañeros. El niño se quedó allí, pero veía poco la clase. Se
quedaba leyendo un tebeo (Don Miki) con el que siempre llegaba. Así
fue al principio. Sólo conseguí que se descalzara tras unos días.
Le convencí de que así podía pasar al tatami cuando le apeteciera;
en cualquier momento que así lo deseara.
Todo fue muy gradual, incluso que se pusiera el yudogui tuvo su
proceso. Cuando ya lo logré y se integró al resto del grupo, en la
clase, dejé de preocuparme. Casi se puede decir que era un niño
más.
Pasaron una pocas semanas y llegó el momento en el curso en el que
repartía las fotocopias del “keko”. Alejandro Montero Campanero,
que así se llamaba aquel niño, recibió su copia como uno más. Al
devolverlo relleno me llamó la atención que había anotado
bastantes centímetros más en una pierna que en la otra. El
tobillo era más grande que el otro. Lo mismo podía decirse de la
musculatura de una pierna (pantorrilla y muslo) frente a la otra.
Al comprobarlo llamé aparte al niño y le pregunté si había tomado
las medidas sólo, le pregunté por cómo las había tomado. El niño
tampoco jugaba compulsivamente al baloncesto. De hecho era un niño
que jugaba poco en los recreos.
Le volví a dar la fotocopia y le propuse tomar todos los datos
cuidadosamente, una vez más. No era inusual alguna pequeña
diferencia por lados. Entre el resto de sus compañeros había algún
caso, pero en Alejandro la diferencia por lados era mayor.
El niño muy disciplinado repitió. Los nuevos resultados eran casi
idénticos a los anteriores.
Casualmente, al cabo de pocos días, coincidí con la madre y le
expuse el tema. Le dije que me parecía impropio y que se escapaba a
mi comprensión. Llevaba poco tiempo en yudo aunque lo hacía todo
por un sólo lado pese a mis recomendaciones. Y más desde que vi los
resultados del “keko”. Tenía la mosca detrás de la oreja que se
suele decir.
Poco tiempo después recibí noticias de aquella buena mujer pese a
que el niño dejó de ir. Parece ser que siguió mi consejo y lo
consultó con el puericultor. Este debió hacerle algunas pruebas al
niño aunque le extrañaba., Después le preguntó a la madre
sorprendido ¿quién le ha alertado de la enfermedad de su hijo? Al
explicarle todo el médico contestó algo así como: “Pues
agradézcaselo a ese profesor porque lo ha sabido ver en fase
incipiente, en caso contrario su hijo estaría destinado a ir en
silla de ruedas seguramente”.
Hace poco contacté con Alejandro y me dio su permiso para publicar
este escrito. Además añadió “como bien dices, fue un calvario
con dos operaciones y casi dos meses postrado en la cama con una pesa
en la pierna”. Además añade - y esto es importante para los
yudocas – “cuando la vida te pone una prueba así hay dos
opciones. Una es compadecerte de ti mismo y no luchar. La otra es
darle un corte de manga, aceptar tus cartas y jugarlas. Y eso me lo
enseñó, entre otras cosas, el yudo. Así que gracias de nuevo”.
Creo que Alejandro tenía un mal degenerativo del que se libró,
efectivamente, por haber sido diagnosticado precozmente. Creo que el
calvario médico de Alejandro fue importante – como así me lo ha
confirmado -; ninguna tontería. Me gustaría decir que a día de hoy
Alejandro hace vida normal, pero no puedo. Con eso de normal
indicaría que anda y poco más. Y no es cierto. Hace mucho más,
como puede verse a simple vista en su Facebook. Es un apasionado del
ciclismo; sobre todo del ciclismo de fondo, de largo recorrido.
Hoy día, sigo entregando el “keko” y me desespera el desinterés
creciente, pocos devuelven la fotocopia que se les entrega. También
es cierto que pocos conocen esta historia. Algunas veces la cuento en
clase. Los niños escuchan respetuosos, por lo menos oyen; pero en
sus caras se nota que no se enteran de nada. Igual no tienen pensado
dedicarse al ciclismo.
3.5.20
La humanidad
En estos días es fácil acordarse de ciertas cosas. Me han dicho que
el maestro José Luis de Frutos decía que había que tocar a los
niños, dirigirse a ellos, hablarles en un vis a vis… al menos una
vez en cada clase.
Más cerca mi profesor Rafael Ortega recuerda el valor de los
aplausos. Dice que al niño le gustan porque son un reconocimiento y
no deja de ser una forma baratísima de hacerlo.
Hoy día estamos a falta de que nos toquen. También el aplauso cobra
protagonismo; es un momento, en cada jornada, que supone todo un
jalón. Es un acto sencillo y por tanto, no vale nada (se podría
decir). Es decir, que no se puede pagar con dinero (para ser más
precisos). Pero quien lo recibe tampoco tiene dinero con qué
pagarlo, no se necesita porque no se cuantifica. ¡Vaya ya salió el
dinero! Igual algunos preferirían algo más del vil metal y menos
aplausos. En todo caso creo que son cosas distintas y que la una no
excluye a la otra.
Nosotros, en nuestras clases de yudo, tenemos la costumbre de
aplaudir a aquel niño que se ha destacado por algo. Solemos pedir en
aplauso por él y en cuanto va a sonar el segundo insistimos en que
sólo uno (un aplauso). Es una broma, obviamente, pero también es
una forma de llamar a la humildad; pedimos un aplauso (sólo uno)
para todos igual (cuando de lo ganan).
El caso es que hemos venido a dar con dos gestos que no cuestan
dinero (no hay dinero para pagarlos) como el abrazo y el aplauso. Y
que hoy, más que nunca, descubrimos son de gran importancia.
Por todo esto, hoy mi humilde reflexión va hacia lo que llamamos la
humanidad. Hablo de ese sentimiento que se puede esconder en una
mirada, que a veces se agazapa en una sonrisa, que se puede
transmitir en un abrazo o contagiar en un aplauso. Decía el genial
Coll algo así como que “la boca era ese órgano sexual que algunos
idiotas utilizan para hablar”.
Yo me he acordado de la frase: “Díjole el suspiro a la lengua,
échate a buscar palabras, que digan lo que yo digo”.
No es que esté todo dicho, al menos no en este escrito. A veces nos
falta la palabra adecuada, a veces basta con un gracias. Expresar la
gratitud con alguna palabra puede transmitir tanta humanidad como un
abrazo o un aplauso. Y no es excluyente. No por dar las gracias se ha
de renunciar a dar un abrazo o dedicar un aplauso.
El que recibe la gratitud puede a su vez mostrarse agradecido. Se
suele hacer lo contrario; se suele decir que “de nada”. No sería
mejor, en lugar de no dar importancia (con ese “de nada”) mostrar
la importancia que la cuestión que ha movido al agradecimiento sí
que tiene. Que se ha hecho precisamente para eso (para mostrar el
lado humano que todos tenemos).
Durante estos días de confinamiento me había prometido publicar
algún escrito corto cada día. Y así lo he hecho. Aunque se ve a
intentar prorrogar el estado de alarma también es cierto que se
inician las fases de lo que se ha conocido como desconfinamiento. Por
esa razón y, sobre todo, porque noto que me empiezan a abandonar las
musas, seguiré escribiendo pero sin ningún tipo de atadura en
cuanto a cuándo publicar. Lo mismo lo hago cada día (no creo) o
cada varios días. Dependerá de que tenga algo que contar. Gracias
por haberme acompañado hasta aquí. Os recuerdo que tengo un blog
propio (el wladiario) y otro del club, que va por más de 250.000
visitas (el yudiario). También he publicado un libro de relatos,
cuentos y cosas (que creo que ya está descatalogado en Lula –
Internet -) y una novela, “50 días, 100 viajes”
(https://www.bubok.es/libros/22339/50-dias-100-viajes).
De pequeño quedé segundo (en un concurso de Naturaleza) y hace
algunos años quedé en el mismo lugar en otro de viajes del
ayuntamiento de Parla.
Además, tengo algún escrito por ahí que ya veremos cuando publico.
Gracias de nuevo.
30.4.20
Los guantes de piel
Un buen día mi profesor de yudo me preguntó, como solía él decir
las cosas – yo nunca encontraba el no por respuesta – que qué
hacía a las siete menos cuarto de la mañana. Le contesté sin
titubear que dormir. A lo que él me contestó, seguramente, que
siguiera durmiendo, pero que durmiendo no se quedaba campeón de
nada. Ahí fue donde accedí a presentarme a la hora convenida en la
boca de metro de Estrecho, salida a calle Juan de Olías. Mi profesor
tenía fama de madrugador y pasó a la hora convenida y me recogió
con otro compañero algo mayor que yo. Yo vivía muy lejos, en
Carabanchel, por lo que tocaba madrugón para estar a la hora
prevista en el lugar previsto. Todo merecía la pena ante semejante
honor.
Mi
profesor, Rafael Ortega, conducía su coche, al que seguían varios
más de algunos de sus alumnos más destacados. Yo era el menor pero
sentí un honor que se me dejase incorporar en tan selecto grupo. De
allí íbamos a la cercana Dehesa de la Villa donde se hacía un
fantástico entrenamiento (carrera, series, “sprints”, algo de
musculación…)
A
veces el maestro se hacía acompañar de sus perros. Tenía a Pinki,
un enorme gran danés, que saltaba como tres de nosotros (lo llegamos
a comprobar).
Un
día hacía mucho frío y la radio, en el coche, daba el parte
meteorológico justo al llegar al destino. Teníamos muy cerca una
estación y según la radio acaba de registrar un mínimo histórico
de menos 13 grados. Como si no hubiera oído nada, mi profesor abrió
la puerta y se dispuso a entrenar como un día más. Así lo hicimos.
También
recuerdo un día que nos vino a acompañar al entrenamiento la
selección nacional de kárate. A su frente se encontraba Don Antonio
Oliva, amigo de mi profesor. Sus deportistas irían en unos días al
Campeonato de Europa. No aguantaron ni la carrera continua que era la
primera parte del entrenamiento (faltaban las series, los “sprint”,
la musculación…). Algunos llegaron a vomitar del esfuerzo. Poco
después nos enteramos de que varios habían conseguido medalla en el
europeo. Increíble.
El
caso es que yo me sentía muy bien de ser considerado uno más de
toda una élite. Era aceptado por un grupo al que admiraba… qué
más podía pedir. Quizás por eso la broma que paso a narrar y de la
que fui víctima, la considero genial.
Cuando
ya acabábamos el entrenamiento (yo no lo sabía) nos puso a los tres
nuevos en la base de un árbol cada uno. Nos explicó que para
ejercitar la coordinación entre piernas y brazos teníamos que
trepar a toda velocidad por el árbol elegido. Cronómetro en mano mi
profesor dio la salida. Yo trepé como un descosido y supongo que mis
novatos compañeros también. Segundos después, cuando nos
encaramábamos a las primeras ramas, desde abajo, nuestros compañeros
mayores nos lanzaban piñas al grito de “abajo monos”. No se
trataba de hacer daño. Era una especie de rito iniciático: “ya
sois de los nuestros”.
Te
hacía dudar de tu tendencia borreguil, pero al mismo tiempo te
fortalecía la idea de pertenencia al grupo. Ya hay mucho escrito
sobre el tema y por gente que sabe más que yo; me limito a narrar
una anécdota y lo que sentí.
Años
después, cuando ya no íbamos a correr a la Dehesa de la Villa, el
profesor me vino con otra de sus famosas preguntas a cuyo propósito
yo no sabía (o no quería) negarme. Tenía que presentarme sobre las
siete de la mañana en el colegio Claret, después me daba tiempo a
ir al instituto; el Ramiro de Maeztu (donde estaba cursando COU).
En
el colegio Claret nos estaba esperando el profesor de gimnasia del
centro, con algunos de sus más destacados pupilos. El profesor de
gimnasia, amigo de Rafael Ortega, era un tal Don Jesus Carballo,
padre del que luego fuera campeón del mundo también llamado como
él.
En
una de las primeras sesiones nos aburrimos a pasadas por la escalera
sueca: con los brazos en tensión, con las manos por fuera, con una
mano en cada escalón… La llegamos a pasar hasta de formas que
difícilmente hubiera yo imaginado.
Un
día apareció en el entrenamiento Iván Clemente (yudoca que llegó
a proclamarse campeón de España) con unos fantásticos guantes de
piel de los que solían llevar los pilotos de carreras de coches.
Habíamos visto darse una especie de polvos de tiza (creo que eran
carbonato de magnesio, pero parecían tiza) a algunos veteranos
gimnastas. La cuestión era aliviar las palmas de las manos en las
que ya presentábamos, la mayoría de los yudocas, espléndidas
ampollas.
Cuando
le llegó el turno a mi amigo Iván los fantásticos guantes duraron
menos que un bizcocho a la puerta de un colegio. Todos los yudocas
estábamos pendientes por si había dado con la solución. Los
guantes presentaban una cómica apariencia; acabaron hechos jirones.
A mí me entró la risa floja sin darme cuenta de que en el fondo me
reía de mi desgracia. Iván se había atrevido a buscar una
solución, yo ni siquiera eso. De eso es de lo que debía reírme.
29.4.20
Fechas y fases
He escuchado hablar de fases en lugar de fechas y me parece
genial. Es la única referencia a la política que me permito y sólo
porque me induce a esta reflexión que paso a intentar plasmar al
oírlo. Lo siento.
Digo que me parece genial eso de priorizar la fase frente a lo que
casi todo el mundo espera: la fecha… ¡el número! Y me recuerda al
yudo: a esos niños inquietos que preguntan por cuándo pasan de
cinturón. La pregunta implica también una fecha, los niños (y
recuerdo que todos somos niños para ciertas cosas) no suelen
conformarse con respuestas del tipo “cuando sepas hacer tal o cuál
llave”.
El yudo es originario de Japón y su fundador el japonés Yigoro
Kano. Allí sólo tienen el cinturón blanco el marrón y el negro
que viene a ser el primer dan. Luego se pueden ir consiguiendo otros
danes (1º, 2º, 3º, 4º…) pero siempre dentro del mismo color de
cinturón; el negro. Así hasta que se alcanza el sexto dan. El color
del cinturón sigue siendo el negro, pero también puede ser Blanco y
Rojo. En Japón ese Blanco y Rojo lo pueden llevar los sextos,
séptimos y octavos danes. Al llegar al noveno dan, en yudo, el
portador puede llevar el cinturón de color rojo. Posteriormente, el
que llega a décimo dan se puede volver a poner el cinturón blanco
(pero más ancho) cerrando así un círculo. Yigor Kano, por ejemplo,
no tenía ningún dan. Usaba el cinturón para lo que debe de ser:
para ajustarse la chaqueta. Dicen que tenía cinturón de color
blanco.
En España se sigue el modelo japonés con alguna salvedad que
pasamos a explicar.
Uno de los maestros que salió de Japón, enviado por Yigoro Kano,
para divulgar el yudo fue Kauasi. Fue a parar a Francia y se encontró
con la impaciencia de los occidentales. “¿Cuando paso de cinturón
maestro?” Así es que para que no se desanimaran entre el cinturón
blanco y el marrón, introdujo el amarillo, el naranja, el verde y el
azul, que consecutivamente se interponen entre los antes citados
(blanco y marrón). Para hacerlo más llevadero a la impaciencia
occidental.
Más tarde, uno de sus discípulos, el maestro francés Rolan Burguer
llegó a España e introdujo los “medios cinturones” para los
niños. De ese modo, entre el blanco y el amarillo diseñó el
blanco-amarillo. De igual modo creo el amarillo-naranja, el
naranja-verde, el verde-azul y el azul-marrón. Así es cómo está
en España y, pese a todo, es raro el profesor que no ha escuchado
alguna vez la famosa pregunta: “¿Cuándo paso de cinturón”?
Volvemos a esa distinción entre fase y fecha con la que hemos
arrancado esta reflexión.
En nuestra escuela creemos haber solucionado el tema de la
impaciencia. Desde hace años, hacemos un examen extraordinario, a
mediados de curso, sólo para quienes tienen edad para pasar al
siguiente cinturón (sólo al siguiente que eso también les cuesta
entenderlo, a sus padres sobre todo). Para ello tenemos unas
fantásticas tablas en que se especifica el cinturón máximo que se
puede tener según la edad. Hablamos del cinturón máximo que se
puede tener y no del cinturón que se debe tener. Pero ya decimos que
cuesta entenderlo. Cuesta distinguir entre poder y deber, no va a
costar entender entre fecha y fase.
A final de cada curso tenemos el examen ordinario para todos. O sea
que se pasa una vez por curso, al menos, de cinturón.
Volvemos a nuestra reflexión inicial. Pasar de fase debe indicar que
se ha conseguido la habilidad de entrar en una dominando la anterior
(no se olvida una fase anterior ya superada). No se olvida lo que se
aprende en un cinturón cuando se pasa al siguiente (como debe de ser
en la vida misma).
Hace unos días en otro escrito de este mismo espacio titulado “La
máquina de refrescos” hacíamos referencia a todo esto. Hablábamos
de pasar a cinturón negro en tiempo récord y no sentirse plenamente
satisfechos pese a ello. Hablábamos del tiempo de maduración.
Pasar una fase implica sufrir (disfrutar) cada momento mientras esta
dura; implica olvidarse del tiempo (casi “ná”). Llegar a una
fecha no implica aplicarse en cada momento, sólo el simple
sacrificio de dejar pasar el tiempo. Y, a veces, no es tan sencillo.
No se trata sólo de dejar pasar el tiempo, sino de qué hacer con
él. Hay que tener siempre presente el objetivo (aunque sea lo último
que se consigue). La vida es una sucesión de fases y no de fechas.
24.4.20
La máquina de refrescos
Hace
ya muchos años acudí a Canadá a un congreso de jiu jitsu y
posteriormente di una
clase
en un magnífico gimnasio (Saint Jean Bosco). Fui con un gran amigo y
con un estupendo alumno que en tiempo récord consiguió el cinturón
negro de yudo (oficial). Una pregunta que me hizo, dicho
alumno,
iba en relación a lo rápido que había progresado pese a lo que
sentía que no maduraba lo suficiente en nuestro mundillo (en
el que, dicho sea de paso, nunca se acaba de aprender lo suficiente –
como en la vida -).
Me
quedé un tanto perplejo pues apreciaba mucho los progresos de dicho
alumno al que consideraba ya
un gran
amigo.
Después
de un rato pensando, intenté explicarle lo que creía podía sentir,
lo que notaba que le faltaba. Se ve que no estuve muy inspirado pues
creo que no le convencí. A ver si ahora me sé explicar mejor.
Recurrí
a una imagen que me inventé y en la que el agua tenía mucha
importancia. Se habla mucho del agua en lo que llamamos “artes
marciales”; se
usa como símbolo.
En
mi relato expliqué que años atrás había tenido un gimnasio. Un
día recibí la visita de un comercial de una conocida marca de
refrescos. Me ofrecía una maquinita dispensadora de la famosa bebida
y que iba conectada al agua. Llevaba unos depósitos donde se
encontraba el jarabe del famoso refresco. También llevaba una
bombona de gas. De esa manera, al echar una moneda, la máquina
servía, en un vaso, una pequeña parte del jarabe mezclada con agua
corriente y un poco de gas. El resultado era un líquido muy similar
al de cualquier lata de dicho refresco comprada en alguna tienda del
ramo.
Desde
luego el ingrediente principal era el jarabe.
Era el más caro.
Se trataba de un viscoso
concentrado
que llevaba el secreto de la formula de dicho refresco.
En
mi imagen comparaba lo que había conseguido mi alumno con el jarabe
en
cuestión.
En poco tiempo había conseguido lo imprescindible para lograr los
ingredientes de una formula poco conocida (casi secreta). Pero
faltaba algo, faltaba agua.
En
mi imagen intentaba comparar el agua al tiempo. Había
hecho lo difícil pero habían que diluirlo, a mi entender. Es
como esos tomates de estupenda pinta, que cortan todavía verdes –
por
prisas -
y maduran en la caja. Todo es muy aparente pero un paladar delicado
descubre que el vegetal está falto de sabor, de maduración.
Ojalá
que no me hayan cortado a mi demasiado verde. Creo que voy a
necesitar mucha agua, pero, desde luego, estoy dispuesto a tomarme el
tiempo necesario para coger sabor, para madurar. Espero no volver a
tener prisa por llegar no vaya a ser que me quede en jarabe. En
todo caso, voy
a disfrutar del agua que todo lo diluye, del tiempo, de cada rayo de
sol, de ese sol que nos hace madurar.
22.4.20
La mariposa y el espejo
Dos cuentos japoneses
Dicen
que hay un cuento japonés, muy corto, que dice que un anciano vivía
en una casa que se había mandado construir junto al cementerio. Ya
enfermo y muy viejo fue aconsejado para que abandonase su morada.
Pero el anciano se negó. A cambio, pidió que alguien le acompañara
en su casa junto al cementerio, pues veía muy próximo su fin. Allí
se trasladó un sobrino que un día vio colarse por una ventana
abierta a una mariposa blanca. Intentó espantarla y echarla por
donde había venido. Todo fue inútil. La mariposa acabó posándose
en el anciano que, por entonces, yacía en la cama y que murió con
la mariposa en su pecho. Poco después, el insecto reanudó su vuelo
para salir por la misma ventana y dirigirse al contiguo cementerio.
El
sobrino alcanzó a ver desaparecer a la mariposa en una vieja tumba,
pero muy lustrosa y atendida. Luego le contó lo sucedido a la madre;
la hermana del anciano. Ésta le explicó.
El
anciano, de joven, había conocido a una esplendorosa mujer de la que
se enamoró, pero no pudo casarse con ella, pese a jurarle amor
eterno; la bella mujer falleció pronto. No obstante el hombre juró
construirse una casa junto a ella para velar su tumba y honrar su
memoria. Juró que su corazón jamás sería para ninguna otra mujer.
De este modo, su amada, en forma de mariposa blanca visitó al hombre
cuando comprendió que llegaba su hora, como así fue.
Este
triste cuento de amor muy japonés, sin duda, deja un regusto amargo.
Así es que vemos con otro menos dramático.
Un
campesino marchó a la ciudad para vender su grano. Sacó un buen
precio por su abundante cosecha y se fue a emborrachar, para
celebrarlo, con sus amigos. Al día siguiente, con gran resaca, se
acercó a una tienda para cumplir el encargo de su mujer. Pero en tal
estado no consiguió acordarse de que le había pedido un peine, así
es que compró un espejo. Lo mandó envolver como regalo y no dio más
importancia.
Tan
pronto regresó a su casa el campesino entregó el regalo a su mujer.
Ésta lo abrió, en solitario, y se puso a llorar al mirarlo. Su
madre, al verla así, le preguntó. La mujer joven le dijo que su
esposo, con gran desfachatez, le había regalado el retrato de quien
debía ser su amante: una mujer joven y hermosa.
La
madre tomó el espejo, lo miró y quitó importancia a todo. “En
realidad se trata de una vieja” le dijo a su hija.
Me
quedo con la idea del espejo que ya hemos traído aquí en estos
días. En una historia, el espejo devuelve lo que queremos ver y en
otra no existe. El viejo anciano ni siquiera necesita un espejo para
ver el amor que profesaba a su novia.
Está
muy claro que cada cual ve lo que quiere cuando mira un espejo. Según
la RAE, en su segunda acepción, un espejo una “cosa que da imagen
de algo”.
Para
algunos esa cosa es una especie de cristal, para otros el alma de los
demás. Finalmente, muy pocos, ni siquiera necesitan el espejo. Ya
saben como son; ya saben lo que lo que buscan.
19.4.20
El cinturón dorado
Este relato de hoy, día de confinamiento, con el que espero entretener a mis alumnos, contiene una anécdota que se incluye en el libro "Del judo al yudo (1)".
Resulta
que fui algo lesionado (tenía un menisco roto) a un campamento
(“stage”) que organizaba mi profesor en Oviedo. Yo participaba
pero me había prohibido hacer randori - lucha -mi maestro Rafael
Ortega. Lo pasé muy mal por la restricción pero la verdad es que no
tuve ningún percance o susto (“enganchón”) en todo el
campamento. Así hasta que el último día recibimos la visita de un
amigo de mi maestro, uno de los hermanos Cecchini, que por entonces
era el seleccionador nacional de Lucha Sambo. Luego fui amigo de José
Antonio Cecchini – otro hermano - que acabó de vicerrector de la
Universidad de Oviedo, amén de ser varias veces campeón del mundo
de SAMBO y diploma olímpico de yudo en Moscú (80).
El
seleccionador se había hecho acompañar de los que componían
entonces las seleccionas nacionales junior y senior. El caso es que
al ver a aquella pléyade – valga la expresión –, yo, que
previsiblemente me lo iba a perder, me debí poner pesado (o algo
más). Tanto que al final mi profesor me dejó luchar con ellos
(hacer randori) y como llevaba varios días sin estos menesteres me
encontraba fenomenal; me salía todo. Tanto debió de ser así que el
propio seleccionador se fijó en mi “¿Quien es es tío?” Y ese
tío era yo que lanzaba con facilidad a los miembros de la selección
de mi peso. Para colmo en SAMBO aún era de la categoría junior así
es que automáticamente fui convocado para disputar el Mundial que
iba a celebrarse un par de meses después, en Madrid. Al acabar el
campamento quedé concentrado en Oviedo y ahí empezaron mis males.
Un inoportuno día volví a sufrir enganchones del menisco roto (la
rodilla se quedaba bloqueada) sin que yo dijese ni mú. Para colmo
apareció un muchacho con su entrenador que me disputaba el puesto y
que ya había sido bronce en un Mundial anterior (eso le acabó
valiendo para quitarme la plaza). A todo ello se unió una última
oportunidad a “puerta cerrada” - sin prensa ni nada – y una
odisea con mi peso. Yo participaba, por entonces, en yudo en -71 kgs.
y llegué a bajar a 62 kgs. hasta que caí desfallecido en un
entrenamiento.
El
caso es que me trasladé a Madrid y visité el hotel donde estaban
alojados los seleccionados. Como, al ser preseleccionado, tuve que
hacerme la licencia de SAMBO y lo hice por Asturias, tuve una genial
idea. La presenté en la recepción del hotel diciendo que acaba de
llegar. Me dijeron que sólo quedaba habitación, compartida con uno
de Madrid. Resultó que la ocupaba mi gran amigo Pedro Luis Gracia,
que a la postre se proclamó allí campeón del mundo.
El
hotel era el Meliá Castilla, nada menos (el Mundial se celebró en
uno de sus grandes salones; lo que luego fue es Scala Meliá).
En
los bajos del hotel estaba la discoteca Picos. Yo descubrí que nadie
se alteraba si yo cargaba los gastos a la habitación así es que
invité a toda la pandilla a la discoteca. No sólo eso, sino que
comíamos a la carta, me tomaba refrescos (siempre a cargo de la
habitación) y veía la gran pantalla de televisión que había en
algún salón.
Un
día bajando las escaleras vi una puerta abierta y me “tropecé”
con una bolsa que había quedado olvidada. Contenía cinturones de
colores muy peculiares. A quienes suben al podio en un Mundial de
Lucha SAMBO, como aquel, se les entregaba, además del trofeo, uno de
esos cinturones. A los campeones se les entregaba el de oro, a los
sub-campeones el de plata y a los terceros el de bronce. Si se daba
la circunstancia de que alguno de los campeones ya lo había sido en
ocasión anterior, entonces recibía el cinturón platino, en lugar
del dorado. En la bolsa me encontré todo un juego de esos
cinturones.
Pedro
Gracia (“Perico”) recibió el de oro como campeón del mundo que
se acabó proclamando. Pero impulsivo, como era, se lo acabó
regalando a una novia que tenía por entonces.
Pasado
algún tiempo decidí utilizar aquellos cinturones en las clases de
yudo que entonces impartía en el CEIP Ciudad de Guadalajara. El
cinturón platino se lo ponía el alumno que más puntos de yudo
había conseguido a lo largo del mes. El cinturón de oro lo llevaba
(todo un mes) el que había conseguido ganar la competición de fin
del mes anterior. Y el de plata el que había disputado con el
campeón la final. El de bronce no lo solíamos entregar por no tener
purpurina como los otros ni resultar tan atractivo. No dejaba de ser
un cinturón marrón feucho. De este modo, a las pocas semanas el
cinturón de oro, que es el que nos ocupa en esta anécdota (ahora
verás por qué), empezó a sufrir algunos daños. Se comenzó a
deshilachar y a perder purpurina. Pero seguía haciendo mucha ilusión
a los niños.
Varios
meses después de haber conseguido el título, Perico seguía
haciendo el servicio militar. Su comandante (estaba en Marina) le dio
una gran noticia. Algunos de los más destacados deportistas del
cuartel iban a ser recibidos por el Rey de España Juan Carlos I. Por
supuesto, Pedro sería la gran estrella. Por ese motivo, el
comandante le asignó un papel de relevancia. Él sería el encargado
de entregar un presente al Rey.
-
“¿Y qué le regalo yo al Rey?” preguntó.
-
“Ya lo tengo pensado”, contestó el comandante. “Regálale el
cinturón de oro”.
Pedro
debió poner cara de póker, que se suele decir. Había perdido el
contacto con aquella novia a la que regaló el cinturón dorado. No
lo podía recuperar. Pero se le ocurrió que se lo podía pedir a su
amigo Wladi, sabiendo que se había llevado uno de cada color.
Le
puse algún problema porque no quería desprenderme de tan útil
herramienta. Además, objeté, el cinturón estaba en fase avanzada
de destrucción por el trote sufrido en las clases de yudo. Estaba
casi sin purpurina, medio deshilachado…
Pedro
no cedía. “Mejor; así se cree que lo uso yo” argumentó.
De
esta manera, un cinturón que habían llevado los niños yudocas del
Colegio Ciudad de Guadalajara en sus clases de yudo acabó en manos
del entonces Rey de España, Juan Carlos I. No creemos que siga entre
los regalos extravagantes e inútiles. Seguramente ha acabado en la
basura, pero la anécdota queda ahí.
12.4.20
Anécdota de mis comienzos en yudo
Casi por azar comencé a practicar yudo. Vivía en una barrio con
mucha presencia de gitanos y de lo que por entonces llamábamos
“quinquis”. Parece ser que a mi padre le dieron una paliza y eso
tuvo que ver. Al principio me inocularon un deseo. Pero tengo que
reconocer que fue mi madre la que dio el primer paso. Debía estar
harta de oírme preguntar por cuándo iba a comenzar. Estaba previsto
que lo hiciera en un gran gimnasio de Madrid pero muy lejos de casa y
por mi edad no me podía desplazar libremente. El caso es que mi
madre me llevó -harta - a lo que se llamaba Centro Sindical, en mi
barrio. Allí conocí a mi primer maestro, Antonio Recuero. No debió
de hacerlo nada mal el hombre pues mi pasión por dicho deporte
creció.
Pasaron un par de años y entonces iba a un colegio lejano, en
autocar. A la salida, previa autorización, tomaba el autocar de otra
ruta y me trasladaba al gran gimnasio de Madrid al que antes aludía;
el Samurái. Allí conocí a mi actual maestro Rafael Ortega y
surgió una anécdota que paso a narrar.
Aluciné en mi nuevo destino, con mi nuevo maestro y con mis nuevos
compañeros (algunos de los cuáles con quienes mantengo la amistad
actualmente). Un día, a la vuelta de las vacaciones de verano me
encontré con que Rafael Ortega no impartía mis clases de siempre.
No estaban mis compañeros de siempre. El maestro era nada menos que
Rafael Hernando y entre mis nuevos compañeros estaba el hoy maestro
Amadeo Valladares. Pero yo era un chavalín y no quería perder a mi
recién encontrado maestro. No estaba a gusto en mi nuevos grupo.
Me dijeron que Ortega se había quedado en Francia a la vuelta del
verano y por eso ya no daba las clases.
Un día cuando iba a acudir al gimnasio, arrastrando los pies, me
encontré a un viejo compañero, Carlos Javier García Balcones a
quién recriminé “¿Dónde os habéis metido todos?”
El me contestó, perplejo, “pero si sólo faltas tú” para
explicarme que a menos de un kilómetro seguía impartiendo clases
Rafael Ortega; en el gimnasio Banzai. Allí estaban todos mis
compañeros, que le habían seguido, y sólo faltaba yo,
efectivamente. Nadie me había advertido.
El caso es que mi amigo Carlos me invitó a acompañarle, en ese
mismo momento, pues se dirigía a entrenar (como yo). Acepté
acompañarle muy gustoso y ese fue mi primer entrenamiento de, muchos
años, en el Banzai. Ni siquiera volví al Samurái.
Es curioso el efecto del azar pero lo fácil hubiera sido que yo
continuara mi carrera con Rafael Hernando y, sin embargo, acabé en
el Banzai con Rafael Ortega.
Algo hay de azar en todo lo que cuento y algo también de estar
propicio a las señales que uno se va encontrando (por así decirlo).
Al final hay un alto componente en la vida de cada cual de dejarse
ir, pero no por ello se debe de descartar eso de estar atento a las
señales. Hay un refrán que dice que “el tiempo todo lo cura (y
todo lo muda)”. Pero nadie dijo que mientras pasa el tiempo haya
que abandonarse. No es lo mismo fluir que abandonarse.
10.4.20
Las crisis
En
un largo trayecto es inútil pensar que no seremos visitados por eso
que llamamos crisis. No soy ningún especialista, psicólogo o
filósofo como para afrontar ansiedades existenciales e ir
repartiendo sabios consejos. Pero sí que tengo gran experiencia en
“crisis”. Así es que lo que voy a hacer es hablar de mi
experiencia por si a alguien le puede venir bien.
Recuerdo
las sabias palabras de un colega que andaba tratando de consolar a un
pupilo que no había conseguido un triunfo que se había propuesto
(que había perdido, vamos). Una compañera se acercó y recriminó
al profesor: “es que tú no sabes lo que siente”. A ello el
profesor contestó entre sorprendido y cómico: “¿Cómo que no sé
lo que siente? Eso lo sé perfectamente. A lo mejor me quedo más
corto en saber lo que se siente al ganar”.
Risas
aparte, el profesor venía a poner el acento en que son pocas las
ocasiones de triunfo y muchas las de sensación de fracaso, las
crisis. Hasta los grandes campeones suelen tener más recuerdos
amargos que éxitos; hay que contar con ello. Lo importante parece
estar en no rendirse. Yo aún diría más… en sacar algo de lo que
llamamos derrotas. En sacar algo positivo claro.
Ignorar
la derrota ayuda poco. Ignorar que va a llegar alguna crisis es
inútil. Lo que hay que estar es preparado para ese momento. Apretar
los dientes, “metabolizar” el dolor – si se me permite la
expresión – y seguir persiguiendo el objetivo.
Leí
una vez un cuento sobre dos ranas que cayeron a un profundo pozo del
que no podían salir. Al día siguiente, al notar su ausencia, sus
compañeras fueron a buscar a la desdichada pareja. Las encontraron
exhaustas en el pozo así es que, tras comprobar que era imposible
sacarlas de allí, les dijeron que debían relajarse y prepararse
para morir.
Ambos
batracios, aunque aterrorizados, redoblaron sus fuerzas y saltaron
con más ahínco. Los resultados fueron los mismos. Hasta que una de
las ranas se rindió y al poco acabó muriendo. La otra siguió en su
empeño sin rendirse y redoblando sus pocas energías. Tanto fue así
que la rana acabó reuniendo fuerzas y, finalmente, alcanzó el borde
en uno de sus saltos. Se salvó ante la incredulidad de sus
compañeras.
Tanta
sorpresa tenían las demás ranas que le preguntaron el porqué no
había seguido sus consejos. Porqué no se había relajado y aceptado
su fin. Porqué había redoblado sus fuerzas hasta acabar saliendo
pese a que parecía imposible.
La
ranita no parecía comprender. Pasó a explicar que era sorda y que
se creía que los gritos eran para animarla.
Así
suelen ser los grandes, parecen sordos al desaliento. Encuentran
motivación donde otros parecen escuchan la voz de la derrota.
Si
la vida es una carrera de fondo, todos somos corredores de fondo. De
nosotros depende, casi siempre, que esa carrera sea larga y
provechosa. De nosotros depende sacar partido y aprender de las
situaciones que vamos encontrando. Nadie ha dicho que sea fácil.
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