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10.5.20

La vieja alumna


Por las mañanas me ocupaba en menesteres periodísticos, por las tardes daba mis clases de yudo y a ratos llevaba como podía el club. No me sobraba el tiempo.

Una mañana cogí la moto y me dirigí a la antigua Universidad Cisneriana de Alcalá de Henares. No recuerdo ahora si se trataba de una acto en el interior o necesitaba una foto de su imponente fachada (también ejercía de fotógrafo). No importa, el caso es que busqué donde dejar la moto y la llevé a un rincón de la plaza. Me pareció un buen lugar cerca de la puerta de lo que parecía un cuartel cerrado. Así es que estaba yo bajándome del vehículo cuando ohí, a mis espaldas, una voz enérgica, que me pareció recriminaba el que dejase allí la moto. No obstante la voz tenía algo raro, era de una mujer, por más que al darme la vuelta asustado, sólo acertaba a ver un soldado. Estuve entonces en estado de colapso, en una de esas situaciones en que por más que sabemos que duran poco la sensación es de que el tiempo se detiene. Creo que mi mente luchaba por encontrar una explicación plausible para dejar allí la moto y buscar en remotos lugares a quién pertenecía esa voz. Era una lucha.

Creo que finalmente encontré la solución, en aquel pozo, gracias a su mirada.

“¡Susana, qué susto me has dado!”

Se trataba de una antigua alumna a la que no veía hacía años. Sabía que era militar porque había coincidido con ella en ese largo lapso, desde que dejó de practicar, en algún acto que cubrí en la Base Automovilística de Torrejón de Ardoz. No obstante no esperaba verla con todo el uniforme reglamentario y el cetme calado.

No me reñía, ni mucho menos, sino que se intentaba asegurarse que veía, en aquella extraña circunstancia, a su viejo profesor de yudo.

Tras la anécdota me contó rápidamente algo de su vida. Tenía que volver a su puesto de vigilancia no obstante lo cual nos saludamos con mucha alegría.

Pasó algún tiempo y volví a coincidir con ella en nuestro pueblo. Yo estaba en una terraza tomando algún refresco y ella se acercó a saludarme. Creo que también estaba en dicho establecimiento con sus dos hijos y su marido. Me dijo que le gustaría que sus hijos practicaran yudo como ella. Que iban a un colegio en el que no daban la actividad (pese a que en tiempos el yudo lo impartió un amigo).

Me dirigí al centro con un proyecto y lo presenté pese a que me dio la impresión de que no me hacían ni caso. Al cabo de un tiempo volví al centro a preguntar por mi proyecto. Me hicieron menos caso (“ya le llamaremos”).

Ojalá hayan acabado implantando la actividad en dicho colegio. Creo que es una gran herramienta educativa. Pero lo que está claro es que es muy difícil revivir en nuestros hijos experiencias propias. Tan pronto nacen, comienzan a desarrollarse como personas ajenas a nosotros. Y puede que hasta eso sea bueno (al menos para muchas cosas). En todo caso, es como es.

Como dice Galdeano: “Fuimos nacidos hijos de los días, porque cada día tiene una historia y nosotros somos las historias que vivimos”.

4.5.20

El keko


Hace muchos años, cuando ejercía de profesor de yudo, en el colegio Ciudad de Guadalajara sucedió una historia extraordinaria que paso a relatar.

El colegio que se encuentra en la Alameda de Osuna nos lo cedió el hermano de nuestro actual profesor de yudo, Manuel Ortega. Incuso en este extraño curso seguimos vinculado a este colegio; seguimos impartiendo las clases después de muchos años.

Un día, acudí por extraño motivo, a la Biblioteca de mi colegio. Yo era un zagal y me llamó la atención un libro sobre preparación física de cuyo autor ni me acuerdo. Era de fácil comprensión, hasta yo lo entendía. Seguramente muchos de sus postulados ya están más que superados. No importa, en lo que se refiere a este relato. Lo importante es que tenía una lámina con un cuerpo tipo el hombre de Vitrubio, pero con sólo dos piernas y dos brazos. En algunas partes (tobillos, muñecas, pantorrillas, muslos, bíceps…) se veía una línea punteada de la que salía una flecha para indicar un lugar en el que se podía anotar lo que medía cada parte indicada.

Yo ya era un inquieto profesor de yudo y creo que arranqué la hoja pensando que me podría venir bien para mis menesteres.



Pasaron muchos años y, en una de esas, me decidí a utilizar aquella lámina. La adapté para mis alumnos e hice fotocopias para repartir, adjuntando unas instrucciones. Yo pensaba que se trataba de tener un cierto control del desarrollo muscular de los niños; de su crecimiento. Incluso le llegué a poner un nombre al “test”: el keko.

Debía correr la década de los 80 – yo tendría una veintena de años – cuando, en pleno curso, se acercó una señora con un niño de la mano, con la clase comenzada. Me explicó, muy amable, que había inscrito a su hijo en la actividad, porque le veía muy tímido y poco deportista. El chavalín, en efecto, se mostraba esquivo y reservado. De hecho no quería pasar al tatami. Así es que me armé de paciencia y permití que se quedase sentado al borde viendo a sus compañeros. El niño se quedó allí, pero veía poco la clase. Se quedaba leyendo un tebeo (Don Miki) con el que siempre llegaba. Así fue al principio. Sólo conseguí que se descalzara tras unos días. Le convencí de que así podía pasar al tatami cuando le apeteciera; en cualquier momento que así lo deseara.

Todo fue muy gradual, incluso que se pusiera el yudogui tuvo su proceso. Cuando ya lo logré y se integró al resto del grupo, en la clase, dejé de preocuparme. Casi se puede decir que era un niño más.

Pasaron una pocas semanas y llegó el momento en el curso en el que repartía las fotocopias del “keko”. Alejandro Montero Campanero, que así se llamaba aquel niño, recibió su copia como uno más. Al devolverlo relleno me llamó la atención que había anotado bastantes centímetros más en una pierna que en la otra. El tobillo era más grande que el otro. Lo mismo podía decirse de la musculatura de una pierna (pantorrilla y muslo) frente a la otra.

Al comprobarlo llamé aparte al niño y le pregunté si había tomado las medidas sólo, le pregunté por cómo las había tomado. El niño tampoco jugaba compulsivamente al baloncesto. De hecho era un niño que jugaba poco en los recreos.

Le volví a dar la fotocopia y le propuse tomar todos los datos cuidadosamente, una vez más. No era inusual alguna pequeña diferencia por lados. Entre el resto de sus compañeros había algún caso, pero en Alejandro la diferencia por lados era mayor.

El niño muy disciplinado repitió. Los nuevos resultados eran casi idénticos a los anteriores.

Casualmente, al cabo de pocos días, coincidí con la madre y le expuse el tema. Le dije que me parecía impropio y que se escapaba a mi comprensión. Llevaba poco tiempo en yudo aunque lo hacía todo por un sólo lado pese a mis recomendaciones. Y más desde que vi los resultados del “keko”. Tenía la mosca detrás de la oreja que se suele decir.

Poco tiempo después recibí noticias de aquella buena mujer pese a que el niño dejó de ir. Parece ser que siguió mi consejo y lo consultó con el puericultor. Este debió hacerle algunas pruebas al niño aunque le extrañaba., Después le preguntó a la madre sorprendido ¿quién le ha alertado de la enfermedad de su hijo? Al explicarle todo el médico contestó algo así como: “Pues agradézcaselo a ese profesor porque lo ha sabido ver en fase incipiente, en caso contrario su hijo estaría destinado a ir en silla de ruedas seguramente”.

Hace poco contacté con Alejandro y me dio su permiso para publicar este escrito. Además añadió “como bien dices, fue un calvario con dos operaciones y casi dos meses postrado en la cama con una pesa en la pierna”. Además añade - y esto es importante para los yudocas – “cuando la vida te pone una prueba así hay dos opciones. Una es compadecerte de ti mismo y no luchar. La otra es darle un corte de manga, aceptar tus cartas y jugarlas. Y eso me lo enseñó, entre otras cosas, el yudo. Así que gracias de nuevo”.

Creo que Alejandro tenía un mal degenerativo del que se libró, efectivamente, por haber sido diagnosticado precozmente. Creo que el calvario médico de Alejandro fue importante – como así me lo ha confirmado -; ninguna tontería. Me gustaría decir que a día de hoy Alejandro hace vida normal, pero no puedo. Con eso de normal indicaría que anda y poco más. Y no es cierto. Hace mucho más, como puede verse a simple vista en su Facebook. Es un apasionado del ciclismo; sobre todo del ciclismo de fondo, de largo recorrido.

Hoy día, sigo entregando el “keko” y me desespera el desinterés creciente, pocos devuelven la fotocopia que se les entrega. También es cierto que pocos conocen esta historia. Algunas veces la cuento en clase. Los niños escuchan respetuosos, por lo menos oyen; pero en sus caras se nota que no se enteran de nada. Igual no tienen pensado dedicarse al ciclismo.

3.5.20

La humanidad


En estos días es fácil acordarse de ciertas cosas. Me han dicho que el maestro José Luis de Frutos decía que había que tocar a los niños, dirigirse a ellos, hablarles en un vis a vis… al menos una vez en cada clase.

Más cerca mi profesor Rafael Ortega recuerda el valor de los aplausos. Dice que al niño le gustan porque son un reconocimiento y no deja de ser una forma baratísima de hacerlo.

Hoy día estamos a falta de que nos toquen. También el aplauso cobra protagonismo; es un momento, en cada jornada, que supone todo un jalón. Es un acto sencillo y por tanto, no vale nada (se podría decir). Es decir, que no se puede pagar con dinero (para ser más precisos). Pero quien lo recibe tampoco tiene dinero con qué pagarlo, no se necesita porque no se cuantifica. ¡Vaya ya salió el dinero! Igual algunos preferirían algo más del vil metal y menos aplausos. En todo caso creo que son cosas distintas y que la una no excluye a la otra.

Nosotros, en nuestras clases de yudo, tenemos la costumbre de aplaudir a aquel niño que se ha destacado por algo. Solemos pedir en aplauso por él y en cuanto va a sonar el segundo insistimos en que sólo uno (un aplauso). Es una broma, obviamente, pero también es una forma de llamar a la humildad; pedimos un aplauso (sólo uno) para todos igual (cuando de lo ganan).

El caso es que hemos venido a dar con dos gestos que no cuestan dinero (no hay dinero para pagarlos) como el abrazo y el aplauso. Y que hoy, más que nunca, descubrimos son de gran importancia.

Por todo esto, hoy mi humilde reflexión va hacia lo que llamamos la humanidad. Hablo de ese sentimiento que se puede esconder en una mirada, que a veces se agazapa en una sonrisa, que se puede transmitir en un abrazo o contagiar en un aplauso. Decía el genial Coll algo así como que “la boca era ese órgano sexual que algunos idiotas utilizan para hablar”.

Yo me he acordado de la frase: “Díjole el suspiro a la lengua, échate a buscar palabras, que digan lo que yo digo”.

No es que esté todo dicho, al menos no en este escrito. A veces nos falta la palabra adecuada, a veces basta con un gracias. Expresar la gratitud con alguna palabra puede transmitir tanta humanidad como un abrazo o un aplauso. Y no es excluyente. No por dar las gracias se ha de renunciar a dar un abrazo o dedicar un aplauso.

El que recibe la gratitud puede a su vez mostrarse agradecido. Se suele hacer lo contrario; se suele decir que “de nada”. No sería mejor, en lugar de no dar importancia (con ese “de nada”) mostrar la importancia que la cuestión que ha movido al agradecimiento sí que tiene. Que se ha hecho precisamente para eso (para mostrar el lado humano que todos tenemos).

Durante estos días de confinamiento me había prometido publicar algún escrito corto cada día. Y así lo he hecho. Aunque se ve a intentar prorrogar el estado de alarma también es cierto que se inician las fases de lo que se ha conocido como desconfinamiento. Por esa razón y, sobre todo, porque noto que me empiezan a abandonar las musas, seguiré escribiendo pero sin ningún tipo de atadura en cuanto a cuándo publicar. Lo mismo lo hago cada día (no creo) o cada varios días. Dependerá de que tenga algo que contar. Gracias por haberme acompañado hasta aquí. Os recuerdo que tengo un blog propio (el wladiario) y otro del club, que va por más de 250.000 visitas (el yudiario). También he publicado un libro de relatos, cuentos y cosas (que creo que ya está descatalogado en Lula – Internet -) y una novela, “50 días, 100 viajes” (https://www.bubok.es/libros/22339/50-dias-100-viajes). De pequeño quedé segundo (en un concurso de Naturaleza) y hace algunos años quedé en el mismo lugar en otro de viajes del ayuntamiento de Parla.

Además, tengo algún escrito por ahí que ya veremos cuando publico. Gracias de nuevo.

30.4.20

Los guantes de piel


Un buen día mi profesor de yudo me preguntó, como solía él decir las cosas – yo nunca encontraba el no por respuesta – que qué hacía a las siete menos cuarto de la mañana. Le contesté sin titubear que dormir. A lo que él me contestó, seguramente, que siguiera durmiendo, pero que durmiendo no se quedaba campeón de nada. Ahí fue donde accedí a presentarme a la hora convenida en la boca de metro de Estrecho, salida a calle Juan de Olías. Mi profesor tenía fama de madrugador y pasó a la hora convenida y me recogió con otro compañero algo mayor que yo. Yo vivía muy lejos, en Carabanchel, por lo que tocaba madrugón para estar a la hora prevista en el lugar previsto. Todo merecía la pena ante semejante honor.

Mi profesor, Rafael Ortega, conducía su coche, al que seguían varios más de algunos de sus alumnos más destacados. Yo era el menor pero sentí un honor que se me dejase incorporar en tan selecto grupo. De allí íbamos a la cercana Dehesa de la Villa donde se hacía un fantástico entrenamiento (carrera, series, “sprints”, algo de musculación…)

A veces el maestro se hacía acompañar de sus perros. Tenía a Pinki, un enorme gran danés, que saltaba como tres de nosotros (lo llegamos a comprobar).

Un día hacía mucho frío y la radio, en el coche, daba el parte meteorológico justo al llegar al destino. Teníamos muy cerca una estación y según la radio acaba de registrar un mínimo histórico de menos 13 grados. Como si no hubiera oído nada, mi profesor abrió la puerta y se dispuso a entrenar como un día más. Así lo hicimos.

También recuerdo un día que nos vino a acompañar al entrenamiento la selección nacional de kárate. A su frente se encontraba Don Antonio Oliva, amigo de mi profesor. Sus deportistas irían en unos días al Campeonato de Europa. No aguantaron ni la carrera continua que era la primera parte del entrenamiento (faltaban las series, los “sprint”, la musculación…). Algunos llegaron a vomitar del esfuerzo. Poco después nos enteramos de que varios habían conseguido medalla en el europeo. Increíble.

El caso es que yo me sentía muy bien de ser considerado uno más de toda una élite. Era aceptado por un grupo al que admiraba… qué más podía pedir. Quizás por eso la broma que paso a narrar y de la que fui víctima, la considero genial.

Cuando ya acabábamos el entrenamiento (yo no lo sabía) nos puso a los tres nuevos en la base de un árbol cada uno. Nos explicó que para ejercitar la coordinación entre piernas y brazos teníamos que trepar a toda velocidad por el árbol elegido. Cronómetro en mano mi profesor dio la salida. Yo trepé como un descosido y supongo que mis novatos compañeros también. Segundos después, cuando nos encaramábamos a las primeras ramas, desde abajo, nuestros compañeros mayores nos lanzaban piñas al grito de “abajo monos”. No se trataba de hacer daño. Era una especie de rito iniciático: “ya sois de los nuestros”.

Te hacía dudar de tu tendencia borreguil, pero al mismo tiempo te fortalecía la idea de pertenencia al grupo. Ya hay mucho escrito sobre el tema y por gente que sabe más que yo; me limito a narrar una anécdota y lo que sentí.

Años después, cuando ya no íbamos a correr a la Dehesa de la Villa, el profesor me vino con otra de sus famosas preguntas a cuyo propósito yo no sabía (o no quería) negarme. Tenía que presentarme sobre las siete de la mañana en el colegio Claret, después me daba tiempo a ir al instituto; el Ramiro de Maeztu (donde estaba cursando COU).

En el colegio Claret nos estaba esperando el profesor de gimnasia del centro, con algunos de sus más destacados pupilos. El profesor de gimnasia, amigo de Rafael Ortega, era un tal Don Jesus Carballo, padre del que luego fuera campeón del mundo también llamado como él.

En una de las primeras sesiones nos aburrimos a pasadas por la escalera sueca: con los brazos en tensión, con las manos por fuera, con una mano en cada escalón… La llegamos a pasar hasta de formas que difícilmente hubiera yo imaginado.

Un día apareció en el entrenamiento Iván Clemente (yudoca que llegó a proclamarse campeón de España) con unos fantásticos guantes de piel de los que solían llevar los pilotos de carreras de coches. Habíamos visto darse una especie de polvos de tiza (creo que eran carbonato de magnesio, pero parecían tiza) a algunos veteranos gimnastas. La cuestión era aliviar las palmas de las manos en las que ya presentábamos, la mayoría de los yudocas, espléndidas ampollas.

Cuando le llegó el turno a mi amigo Iván los fantásticos guantes duraron menos que un bizcocho a la puerta de un colegio. Todos los yudocas estábamos pendientes por si había dado con la solución. Los guantes presentaban una cómica apariencia; acabaron hechos jirones. A mí me entró la risa floja sin darme cuenta de que en el fondo me reía de mi desgracia. Iván se había atrevido a buscar una solución, yo ni siquiera eso. De eso es de lo que debía reírme.

29.4.20

Fechas y fases


He escuchado hablar de fases en lugar de fechas y me parece genial. Es la única referencia a la política que me permito y sólo porque me induce a esta reflexión que paso a intentar plasmar al oírlo. Lo siento.

Digo que me parece genial eso de priorizar la fase frente a lo que casi todo el mundo espera: la fecha… ¡el número! Y me recuerda al yudo: a esos niños inquietos que preguntan por cuándo pasan de cinturón. La pregunta implica también una fecha, los niños (y recuerdo que todos somos niños para ciertas cosas) no suelen conformarse con respuestas del tipo “cuando sepas hacer tal o cuál llave”.

El yudo es originario de Japón y su fundador el japonés Yigoro Kano. Allí sólo tienen el cinturón blanco el marrón y el negro que viene a ser el primer dan. Luego se pueden ir consiguiendo otros danes (1º, 2º, 3º, 4º…) pero siempre dentro del mismo color de cinturón; el negro. Así hasta que se alcanza el sexto dan. El color del cinturón sigue siendo el negro, pero también puede ser Blanco y Rojo. En Japón ese Blanco y Rojo lo pueden llevar los sextos, séptimos y octavos danes. Al llegar al noveno dan, en yudo, el portador puede llevar el cinturón de color rojo. Posteriormente, el que llega a décimo dan se puede volver a poner el cinturón blanco (pero más ancho) cerrando así un círculo. Yigor Kano, por ejemplo, no tenía ningún dan. Usaba el cinturón para lo que debe de ser: para ajustarse la chaqueta. Dicen que tenía cinturón de color blanco.

En España se sigue el modelo japonés con alguna salvedad que pasamos a explicar.

Uno de los maestros que salió de Japón, enviado por Yigoro Kano, para divulgar el yudo fue Kauasi. Fue a parar a Francia y se encontró con la impaciencia de los occidentales. “¿Cuando paso de cinturón maestro?” Así es que para que no se desanimaran entre el cinturón blanco y el marrón, introdujo el amarillo, el naranja, el verde y el azul, que consecutivamente se interponen entre los antes citados (blanco y marrón). Para hacerlo más llevadero a la impaciencia occidental.

Más tarde, uno de sus discípulos, el maestro francés Rolan Burguer llegó a España e introdujo los “medios cinturones” para los niños. De ese modo, entre el blanco y el amarillo diseñó el blanco-amarillo. De igual modo creo el amarillo-naranja, el naranja-verde, el verde-azul y el azul-marrón. Así es cómo está en España y, pese a todo, es raro el profesor que no ha escuchado alguna vez la famosa pregunta: “¿Cuándo paso de cinturón”?

Volvemos a esa distinción entre fase y fecha con la que hemos arrancado esta reflexión.

En nuestra escuela creemos haber solucionado el tema de la impaciencia. Desde hace años, hacemos un examen extraordinario, a mediados de curso, sólo para quienes tienen edad para pasar al siguiente cinturón (sólo al siguiente que eso también les cuesta entenderlo, a sus padres sobre todo). Para ello tenemos unas fantásticas tablas en que se especifica el cinturón máximo que se puede tener según la edad. Hablamos del cinturón máximo que se puede tener y no del cinturón que se debe tener. Pero ya decimos que cuesta entenderlo. Cuesta distinguir entre poder y deber, no va a costar entender entre fecha y fase.

A final de cada curso tenemos el examen ordinario para todos. O sea que se pasa una vez por curso, al menos, de cinturón.

Volvemos a nuestra reflexión inicial. Pasar de fase debe indicar que se ha conseguido la habilidad de entrar en una dominando la anterior (no se olvida una fase anterior ya superada). No se olvida lo que se aprende en un cinturón cuando se pasa al siguiente (como debe de ser en la vida misma).

Hace unos días en otro escrito de este mismo espacio titulado “La máquina de refrescos” hacíamos referencia a todo esto. Hablábamos de pasar a cinturón negro en tiempo récord y no sentirse plenamente satisfechos pese a ello. Hablábamos del tiempo de maduración.

Pasar una fase implica sufrir (disfrutar) cada momento mientras esta dura; implica olvidarse del tiempo (casi “ná”). Llegar a una fecha no implica aplicarse en cada momento, sólo el simple sacrificio de dejar pasar el tiempo. Y, a veces, no es tan sencillo. No se trata sólo de dejar pasar el tiempo, sino de qué hacer con él. Hay que tener siempre presente el objetivo (aunque sea lo último que se consigue). La vida es una sucesión de fases y no de fechas.

24.4.20

La máquina de refrescos


Hace ya muchos años acudí a Canadá a un congreso de jiu jitsu y posteriormente di una clase en un magnífico gimnasio (Saint Jean Bosco). Fui con un gran amigo y con un estupendo alumno que en tiempo récord consiguió el cinturón negro de yudo (oficial). Una pregunta que me hizo, dicho alumno, iba en relación a lo rápido que había progresado pese a lo que sentía que no maduraba lo suficiente en nuestro mundillo (en el que, dicho sea de paso, nunca se acaba de aprender lo suficiente – como en la vida -).


Me quedé un tanto perplejo pues apreciaba mucho los progresos de dicho alumno al que consideraba ya un gran amigo. Después de un rato pensando, intenté explicarle lo que creía podía sentir, lo que notaba que le faltaba. Se ve que no estuve muy inspirado pues creo que no le convencí. A ver si ahora me sé explicar mejor.

Recurrí a una imagen que me inventé y en la que el agua tenía mucha importancia. Se habla mucho del agua en lo que llamamos “artes marciales”; se usa como símbolo.

En mi relato expliqué que años atrás había tenido un gimnasio. Un día recibí la visita de un comercial de una conocida marca de refrescos. Me ofrecía una maquinita dispensadora de la famosa bebida y que iba conectada al agua. Llevaba unos depósitos donde se encontraba el jarabe del famoso refresco. También llevaba una bombona de gas. De esa manera, al echar una moneda, la máquina servía, en un vaso, una pequeña parte del jarabe mezclada con agua corriente y un poco de gas. El resultado era un líquido muy similar al de cualquier lata de dicho refresco comprada en alguna tienda del ramo.

Desde luego el ingrediente principal era el jarabe. Era el más caro. Se trataba de un viscoso concentrado que llevaba el secreto de la formula de dicho refresco.

En mi imagen comparaba lo que había conseguido mi alumno con el jarabe en cuestión. En poco tiempo había conseguido lo imprescindible para lograr los ingredientes de una formula poco conocida (casi secreta). Pero faltaba algo, faltaba agua.

En mi imagen intentaba comparar el agua al tiempo. Había hecho lo difícil pero habían que diluirlo, a mi entender. Es como esos tomates de estupenda pinta, que cortan todavía verdes – por prisas - y maduran en la caja. Todo es muy aparente pero un paladar delicado descubre que el vegetal está falto de sabor, de maduración.

Ojalá que no me hayan cortado a mi demasiado verde. Creo que voy a necesitar mucha agua, pero, desde luego, estoy dispuesto a tomarme el tiempo necesario para coger sabor, para madurar. Espero no volver a tener prisa por llegar no vaya a ser que me quede en jarabe. En todo caso, voy a disfrutar del agua que todo lo diluye, del tiempo, de cada rayo de sol, de ese sol que nos hace madurar.

22.4.20

La mariposa y el espejo

Dos cuentos japoneses


Dicen que hay un cuento japonés, muy corto, que dice que un anciano vivía en una casa que se había mandado construir junto al cementerio. Ya enfermo y muy viejo fue aconsejado para que abandonase su morada. Pero el anciano se negó. A cambio, pidió que alguien le acompañara en su casa junto al cementerio, pues veía muy próximo su fin. Allí se trasladó un sobrino que un día vio colarse por una ventana abierta a una mariposa blanca. Intentó espantarla y echarla por donde había venido. Todo fue inútil. La mariposa acabó posándose en el anciano que, por entonces, yacía en la cama y que murió con la mariposa en su pecho. Poco después, el insecto reanudó su vuelo para salir por la misma ventana y dirigirse al contiguo cementerio.

El sobrino alcanzó a ver desaparecer a la mariposa en una vieja tumba, pero muy lustrosa y atendida. Luego le contó lo sucedido a la madre; la hermana del anciano. Ésta le explicó.

El anciano, de joven, había conocido a una esplendorosa mujer de la que se enamoró, pero no pudo casarse con ella, pese a jurarle amor eterno; la bella mujer falleció pronto. No obstante el hombre juró construirse una casa junto a ella para velar su tumba y honrar su memoria. Juró que su corazón jamás sería para ninguna otra mujer. De este modo, su amada, en forma de mariposa blanca visitó al hombre cuando comprendió que llegaba su hora, como así fue.

Este triste cuento de amor muy japonés, sin duda, deja un regusto amargo. Así es que vemos con otro menos dramático.

Un campesino marchó a la ciudad para vender su grano. Sacó un buen precio por su abundante cosecha y se fue a emborrachar, para celebrarlo, con sus amigos. Al día siguiente, con gran resaca, se acercó a una tienda para cumplir el encargo de su mujer. Pero en tal estado no consiguió acordarse de que le había pedido un peine, así es que compró un espejo. Lo mandó envolver como regalo y no dio más importancia.

Tan pronto regresó a su casa el campesino entregó el regalo a su mujer. Ésta lo abrió, en solitario, y se puso a llorar al mirarlo. Su madre, al verla así, le preguntó. La mujer joven le dijo que su esposo, con gran desfachatez, le había regalado el retrato de quien debía ser su amante: una mujer joven y hermosa.

La madre tomó el espejo, lo miró y quitó importancia a todo. “En realidad se trata de una vieja” le dijo a su hija.

Me quedo con la idea del espejo que ya hemos traído aquí en estos días. En una historia, el espejo devuelve lo que queremos ver y en otra no existe. El viejo anciano ni siquiera necesita un espejo para ver el amor que profesaba a su novia.

Está muy claro que cada cual ve lo que quiere cuando mira un espejo. Según la RAE, en su segunda acepción, un espejo una “cosa que da imagen de algo”.

Para algunos esa cosa es una especie de cristal, para otros el alma de los demás. Finalmente, muy pocos, ni siquiera necesitan el espejo. Ya saben como son; ya saben lo que lo que buscan.

19.4.20

El cinturón dorado


Este relato de hoy, día de confinamiento, con el que espero entretener a mis alumnos, contiene una anécdota que se incluye en el libro "Del judo al yudo (1)".

Resulta que fui algo lesionado (tenía un menisco roto) a un campamento (“stage”) que organizaba mi profesor en Oviedo. Yo participaba pero me había prohibido hacer randori - lucha -mi maestro Rafael Ortega. Lo pasé muy mal por la restricción pero la verdad es que no tuve ningún percance o susto (“enganchón”) en todo el campamento. Así hasta que el último día recibimos la visita de un amigo de mi maestro, uno de los hermanos Cecchini, que por entonces era el seleccionador nacional de Lucha Sambo. Luego fui amigo de José Antonio Cecchini – otro hermano - que acabó de vicerrector de la Universidad de Oviedo, amén de ser varias veces campeón del mundo de SAMBO y diploma olímpico de yudo en Moscú (80).
El seleccionador se había hecho acompañar de los que componían entonces las seleccionas nacionales junior y senior. El caso es que al ver a aquella pléyade – valga la expresión –, yo, que previsiblemente me lo iba a perder, me debí poner pesado (o algo más). Tanto que al final mi profesor me dejó luchar con ellos (hacer randori) y como llevaba varios días sin estos menesteres me encontraba fenomenal; me salía todo. Tanto debió de ser así que el propio seleccionador se fijó en mi “¿Quien es es tío?” Y ese tío era yo que lanzaba con facilidad a los miembros de la selección de mi peso. Para colmo en SAMBO aún era de la categoría junior así es que automáticamente fui convocado para disputar el Mundial que iba a celebrarse un par de meses después, en Madrid. Al acabar el campamento quedé concentrado en Oviedo y ahí empezaron mis males. Un inoportuno día volví a sufrir enganchones del menisco roto (la rodilla se quedaba bloqueada) sin que yo dijese ni mú. Para colmo apareció un muchacho con su entrenador que me disputaba el puesto y que ya había sido bronce en un Mundial anterior (eso le acabó valiendo para quitarme la plaza). A todo ello se unió una última oportunidad a “puerta cerrada” - sin prensa ni nada – y una odisea con mi peso. Yo participaba, por entonces, en yudo en -71 kgs. y llegué a bajar a 62 kgs. hasta que caí desfallecido en un entrenamiento.
El caso es que me trasladé a Madrid y visité el hotel donde estaban alojados los seleccionados. Como, al ser preseleccionado, tuve que hacerme la licencia de SAMBO y lo hice por Asturias, tuve una genial idea. La presenté en la recepción del hotel diciendo que acaba de llegar. Me dijeron que sólo quedaba habitación, compartida con uno de Madrid. Resultó que la ocupaba mi gran amigo Pedro Luis Gracia, que a la postre se proclamó allí campeón del mundo.
El hotel era el Meliá Castilla, nada menos (el Mundial se celebró en uno de sus grandes salones; lo que luego fue es Scala Meliá).
En los bajos del hotel estaba la discoteca Picos. Yo descubrí que nadie se alteraba si yo cargaba los gastos a la habitación así es que invité a toda la pandilla a la discoteca. No sólo eso, sino que comíamos a la carta, me tomaba refrescos (siempre a cargo de la habitación) y veía la gran pantalla de televisión que había en algún salón.
Un día bajando las escaleras vi una puerta abierta y me “tropecé” con una bolsa que había quedado olvidada. Contenía cinturones de colores muy peculiares. A quienes suben al podio en un Mundial de Lucha SAMBO, como aquel, se les entregaba, además del trofeo, uno de esos cinturones. A los campeones se les entregaba el de oro, a los sub-campeones el de plata y a los terceros el de bronce. Si se daba la circunstancia de que alguno de los campeones ya lo había sido en ocasión anterior, entonces recibía el cinturón platino, en lugar del dorado. En la bolsa me encontré todo un juego de esos cinturones.
Pedro Gracia (“Perico”) recibió el de oro como campeón del mundo que se acabó proclamando. Pero impulsivo, como era, se lo acabó regalando a una novia que tenía por entonces.
Pasado algún tiempo decidí utilizar aquellos cinturones en las clases de yudo que entonces impartía en el CEIP Ciudad de Guadalajara. El cinturón platino se lo ponía el alumno que más puntos de yudo había conseguido a lo largo del mes. El cinturón de oro lo llevaba (todo un mes) el que había conseguido ganar la competición de fin del mes anterior. Y el de plata el que había disputado con el campeón la final. El de bronce no lo solíamos entregar por no tener purpurina como los otros ni resultar tan atractivo. No dejaba de ser un cinturón marrón feucho. De este modo, a las pocas semanas el cinturón de oro, que es el que nos ocupa en esta anécdota (ahora verás por qué), empezó a sufrir algunos daños. Se comenzó a deshilachar y a perder purpurina. Pero seguía haciendo mucha ilusión a los niños.
Varios meses después de haber conseguido el título, Perico seguía haciendo el servicio militar. Su comandante (estaba en Marina) le dio una gran noticia. Algunos de los más destacados deportistas del cuartel iban a ser recibidos por el Rey de España Juan Carlos I. Por supuesto, Pedro sería la gran estrella. Por ese motivo, el comandante le asignó un papel de relevancia. Él sería el encargado de entregar un presente al Rey.
- “¿Y qué le regalo yo al Rey?” preguntó.
- “Ya lo tengo pensado”, contestó el comandante. “Regálale el cinturón de oro”.
Pedro debió poner cara de póker, que se suele decir. Había perdido el contacto con aquella novia a la que regaló el cinturón dorado. No lo podía recuperar. Pero se le ocurrió que se lo podía pedir a su amigo Wladi, sabiendo que se había llevado uno de cada color.
Le puse algún problema porque no quería desprenderme de tan útil herramienta. Además, objeté, el cinturón estaba en fase avanzada de destrucción por el trote sufrido en las clases de yudo. Estaba casi sin purpurina, medio deshilachado…
Pedro no cedía. “Mejor; así se cree que lo uso yo” argumentó.
De esta manera, un cinturón que habían llevado los niños yudocas del Colegio Ciudad de Guadalajara en sus clases de yudo acabó en manos del entonces Rey de España, Juan Carlos I. No creemos que siga entre los regalos extravagantes e inútiles. Seguramente ha acabado en la basura, pero la anécdota queda ahí.

12.4.20

Anécdota de mis comienzos en yudo


Casi por azar comencé a practicar yudo. Vivía en una barrio con mucha presencia de gitanos y de lo que por entonces llamábamos “quinquis”. Parece ser que a mi padre le dieron una paliza y eso tuvo que ver. Al principio me inocularon un deseo. Pero tengo que reconocer que fue mi madre la que dio el primer paso. Debía estar harta de oírme preguntar por cuándo iba a comenzar. Estaba previsto que lo hiciera en un gran gimnasio de Madrid pero muy lejos de casa y por mi edad no me podía desplazar libremente. El caso es que mi madre me llevó -harta - a lo que se llamaba Centro Sindical, en mi barrio. Allí conocí a mi primer maestro, Antonio Recuero. No debió de hacerlo nada mal el hombre pues mi pasión por dicho deporte creció.

Pasaron un par de años y entonces iba a un colegio lejano, en autocar. A la salida, previa autorización, tomaba el autocar de otra ruta y me trasladaba al gran gimnasio de Madrid al que antes aludía; el Samurái. Allí conocí a mi actual maestro Rafael Ortega y surgió una anécdota que paso a narrar.

Aluciné en mi nuevo destino, con mi nuevo maestro y con mis nuevos compañeros (algunos de los cuáles con quienes mantengo la amistad actualmente). Un día, a la vuelta de las vacaciones de verano me encontré con que Rafael Ortega no impartía mis clases de siempre. No estaban mis compañeros de siempre. El maestro era nada menos que Rafael Hernando y entre mis nuevos compañeros estaba el hoy maestro Amadeo Valladares. Pero yo era un chavalín y no quería perder a mi recién encontrado maestro. No estaba a gusto en mi nuevos grupo.

Me dijeron que Ortega se había quedado en Francia a la vuelta del verano y por eso ya no daba las clases.

Un día cuando iba a acudir al gimnasio, arrastrando los pies, me encontré a un viejo compañero, Carlos Javier García Balcones a quién recriminé “¿Dónde os habéis metido todos?”

El me contestó, perplejo, “pero si sólo faltas tú” para explicarme que a menos de un kilómetro seguía impartiendo clases Rafael Ortega; en el gimnasio Banzai. Allí estaban todos mis compañeros, que le habían seguido, y sólo faltaba yo, efectivamente. Nadie me había advertido.

El caso es que mi amigo Carlos me invitó a acompañarle, en ese mismo momento, pues se dirigía a entrenar (como yo). Acepté acompañarle muy gustoso y ese fue mi primer entrenamiento de, muchos años, en el Banzai. Ni siquiera volví al Samurái.

Es curioso el efecto del azar pero lo fácil hubiera sido que yo continuara mi carrera con Rafael Hernando y, sin embargo, acabé en el Banzai con Rafael Ortega.

Algo hay de azar en todo lo que cuento y algo también de estar propicio a las señales que uno se va encontrando (por así decirlo). Al final hay un alto componente en la vida de cada cual de dejarse ir, pero no por ello se debe de descartar eso de estar atento a las señales. Hay un refrán que dice que “el tiempo todo lo cura (y todo lo muda)”. Pero nadie dijo que mientras pasa el tiempo haya que abandonarse. No es lo mismo fluir que abandonarse.

10.4.20

Las crisis

En un largo trayecto es inútil pensar que no seremos visitados por eso que llamamos crisis. No soy ningún especialista, psicólogo o filósofo como para afrontar ansiedades existenciales e ir repartiendo sabios consejos. Pero sí que tengo gran experiencia en “crisis”. Así es que lo que voy a hacer es hablar de mi experiencia por si a alguien le puede venir bien.

Recuerdo las sabias palabras de un colega que andaba tratando de consolar a un pupilo que no había conseguido un triunfo que se había propuesto (que había perdido, vamos). Una compañera se acercó y recriminó al profesor: “es que tú no sabes lo que siente”. A ello el profesor contestó entre sorprendido y cómico: “¿Cómo que no sé lo que siente? Eso lo sé perfectamente. A lo mejor me quedo más corto en saber lo que se siente al ganar”.

Risas aparte, el profesor venía a poner el acento en que son pocas las ocasiones de triunfo y muchas las de sensación de fracaso, las crisis. Hasta los grandes campeones suelen tener más recuerdos amargos que éxitos; hay que contar con ello. Lo importante parece estar en no rendirse. Yo aún diría más… en sacar algo de lo que llamamos derrotas. En sacar algo positivo claro.

Ignorar la derrota ayuda poco. Ignorar que va a llegar alguna crisis es inútil. Lo que hay que estar es preparado para ese momento. Apretar los dientes, “metabolizar” el dolor – si se me permite la expresión – y seguir persiguiendo el objetivo.

Leí una vez un cuento sobre dos ranas que cayeron a un profundo pozo del que no podían salir. Al día siguiente, al notar su ausencia, sus compañeras fueron a buscar a la desdichada pareja. Las encontraron exhaustas en el pozo así es que, tras comprobar que era imposible sacarlas de allí, les dijeron que debían relajarse y prepararse para morir.

Ambos batracios, aunque aterrorizados, redoblaron sus fuerzas y saltaron con más ahínco. Los resultados fueron los mismos. Hasta que una de las ranas se rindió y al poco acabó muriendo. La otra siguió en su empeño sin rendirse y redoblando sus pocas energías. Tanto fue así que la rana acabó reuniendo fuerzas y, finalmente, alcanzó el borde en uno de sus saltos. Se salvó ante la incredulidad de sus compañeras.

Tanta sorpresa tenían las demás ranas que le preguntaron el porqué no había seguido sus consejos. Porqué no se había relajado y aceptado su fin. Porqué había redoblado sus fuerzas hasta acabar saliendo pese a que parecía imposible.

La ranita no parecía comprender. Pasó a explicar que era sorda y que se creía que los gritos eran para animarla.

Así suelen ser los grandes, parecen sordos al desaliento. Encuentran motivación donde otros parecen escuchan la voz de la derrota.

Si la vida es una carrera de fondo, todos somos corredores de fondo. De nosotros depende, casi siempre, que esa carrera sea larga y provechosa. De nosotros depende sacar partido y aprender de las situaciones que vamos encontrando. Nadie ha dicho que sea fácil.

Ideas del BJJ para yudo suelo

Aunque se trata de un vídeo de BJJ siempre hemos declarado que nuestro yudo suelo tiene conceptos cercanos a este deporte. No olvidemos que uno de nuestros alumnos, Sergio Cortés  (hoy profesor en la Escuela del Giner de los Ríos) fue campeón del mundo de "Grappling". Osea que hemos hecho nuestros pinitos en otros deportes similares al nuestro.

Además, el vídeo contiene muchas ideas y en poco espacio, por lo que puede resultar muy aprovechable para nuestros alumnos en estos días.

9.4.20

La cruz gamada


De vez en cuando viene bien eso de hacer balance. Es curioso pero la mente suele olvidar todo el mal que hemos causado; salvo dos o tres cosas que nos suelen atormentar. El resto, cosas buenas, nos hacen pensar que somos la caña. Para eso está el ego.

Es curioso también que a más juventud, más presencia del ego hay. Y menos de lo que llamamos alma (lo inexplicable, lo que no se razona) a pesar de las apariencias. Dicen que el ser humano es capaz de reconocerse, cosa que no sabe hacer ningún otro animal.

También hay una etapa en el niño en que le cuesta descubrir su ego por no tener claros los límites de su madre. Se confunde, en algunos casos, con ella.

Más adelante surge el egocentrismo. Hablamos de la etapa en que el niño conoce el mundo, que le rodea, según una sola perspectiva, la de él mismo. Muchísimo más tarde llega eso de empezar a comprender que cada cual tiene su propia realidad. Antes se pasa por una curiosa etapa; la del “cuñado”. ¿Y quién no tiene un “cuñado”, entendido éste como alguien capaz de imponer su criterio por encima del propio? Aunque no tenga autoridad. Para eso estoy yo que se la concedo toda.

Esta última etapa se conjuga muy bien con algo tan humano como la economía, entendida ahora como el ahorro de trabajo, tiempo u otros bienes o servicios. Y eso me lleva a reflexionar sobre los actos reflejos; aquellos que por economía (ahorro) realizamos sin que intervenga nuestro razonamiento (ni menos nuestro ego).

En estos días de confinamiento descubrimos que tenemos muchos actos reflejos que nos libran de pensar para hacer ciertas cosas. Al andar, simplemente, no necesito, a cada paso, recordar a que pie le toca moverse. Está bien.

Lo malo es cuando (por “cuñadismo”, por ejemplo) ahorramos el tener que pensar por nosotros mismos y aceptamos lo que otro nos induce a sentir como propio. Y peor todavía cuando pretendemos imponer nuestro (en realidad el del “cuñado”) criterio en gente con la que nos relacionamos. Es que eso de tener razón mola. “Así es si así les parece”, tituló Pirandelli su obra de teatro.

Algunos casos famosos se me ocurren ahora de eso de imponer la razón (y algo más) a lo bestia. Pienso ahora en Hitler y en sus hoy descabelladas teorías. Aunque, precisamente hoy, para algunos, lamentablemente, no sean tan descabelladas.

Hace tiempo, recuerdo ahora, que descubrí a uno de mis alumnos luciendo una cruz gamada en una red social. Me gustaba seguir a mis pupilos en las redes sociales por estar más cerca de ellos.

Llamé la atención del muchacho – buen chaval -, que pese a su corta edad, aceptó y retiró el símbolo. Creo que no tenía muy claro lo que simbolizaba.

Poco después me crucé con el padre – buena gente - y le comenté el incidente. No me quedó claro si el padre ya estaba al corriente o si no quiso dar importancia a lo sucedido. El caso es que a mí me quedó claro que ya había cumplido con mi parte y que, en todo caso, el padre del muchacho era él y no yo. Pero no dejo de reconocer que el suceso me dejó “enganchado”. Quizás más de la cuenta. Me hubiese gustado imponer mi criterio, que el padre se escandalizase un poco… Yo que sé.

Hoy día pienso que actué debidamente. Como profesor del niño intenté explicar que me parecía mal el uso que hacía del símbolo. Poco después, cuando me tropecé con el padre, le comenté, sin acritud alguna, lo sucedido. Creo que lo hice bien, sin hacer daño a nadie, ni pretenderlo.

Otra cosa es que hoy en día, seguramente, no me habría quedado “enganchado” en lo sucedido. Que cada cual piense lo suyo. Y no me refiero ahora al muchacho, que seguramente construía su criterio en base al de su padre (o al de algunos amigos).

8.4.20

Tiempo de maduración


Recuerdo hace muchos años, en mis comienzos como prometedor profesor de yudo, cuando parecía que me iba a comer el mundo, que entregué unos “tests” a mis alumnos. Una de las preguntas indicaban que cómo veían a su profesor de yudo o algo así. Hablamos de un colegio de Torrejón de Ardoz seguramente en la década de los 80.

Recuerdo, decía, que un niño contestó algo diferente a los demás que me causó honda impresión. Se quejaba de que su profesor siempre le estaba gritando y metiendo prisas. Yo debía de ser para él un agobio. Seguramente yo pensaba que lo estaba haciendo de maravilla y que lograba un nivel de exigencia alto en todo mi grupo.

Al principio no me sentó nada bien la crítica, pero, afortunadamente, no me cerré y supe escuchar. Me llevaba una lección que nunca he olvidado. Tanto que creo recordar que el niño se llamaba Alberto Martín Loeches.

El caso es que enseguida comprendí que una cosa es animar y otra empujar. Me di cuenta de que, sobre todo en el yudo – también en la vida, por tanto – cada cuál tiene su ritmo. Cada cual tiene su proceso de maduración y hay que respetarlo. De nada vale querer llegar antes de lo que corresponde. Se necesita un tiempo; cada cuál necesita un tiempo.

Y todo ello para no llegar al mismo sitio. ¡Encima! Como para que venga alguien a empujar.

Bien es cierto que el buen profesor de yudo debe estar atento a que nunca se cometa vagancia. Sobre todo si hablamos de un grupo de pupilos que sabe para lo que está ahí. Un grupo de alumnos a los que les gusta el yudo y quieren llegar a lo más alto (de cada cuál).

Como decía Anton Geesink, un buen profesor es un buen observador.

Nada se debe de escapar desapercibido. Hay que motivar al que lo necesita y dar tiempo suficiente al que lo requiere.

También recuerdo mi lectura de Summerhill de A. S. Nill, durante mi juventud. El autor recogía experiencias de la escuela que dirigió en las cercanías de Londres. Allí trató de encaminarse hacia la verdadera educación progresista, con autorregulación de los propio niños. Relataba multitud de casos en que los niños parecían perderse en la molicie sin seguir cursos académicos. Esos mismos niños, cuando encontraban su propios intereses y motivaciones acaban el bachillerato, por ejemplo, en un par de años sólo. Es decir que iban a su marcha. Tardaban en arrancar pero luego iban a toda pastilla.

Claro que con todo esto habría mucho que hablar de la vocación. Pero hoy no toca. La reflexión venía por el tiempo y el vigoroso profesor que no se lo concedía a uno de sus pupilos. Vamos a suponer que la vocación ya la tenía el muchacho, de momento y en otra hablamos de la vocación.

Nos gustaría añadir que aquel muchacho llegó a ser campeón del mundo de yudo o de algo parecido. Lo ignoramos y podemos añadir que de yudo seguro que no. Pero quizás con el descubrimiento del joven profesor se logró al menos que el niño (de unos nueve años) fuera feliz practicando yudo. ¿Es poco?

4.4.20

"Yo" y "mi"

Han sido muchos errores y algunos aciertos. Ojalá los errores hayan sido perdonados (yo ya me he perdonado). Ojalá alguien aprecie los aciertos.

La vida son muchos errores y alguno aciertos. Uno de ellos es, a mi entender, mantenerse al margen de cuestiones que a uno no le conciernen. Guardarse la opinión (siempre respetable opinión) si no está fundamentada.
Una cosa es decir tengo frío y otra, muy diferente, es saber que hace frío (nadie lo sabe). Máxime cuando, a poco que se reflexione, se descubre que cada cual fabrica su propia realidad. O sea, que hay tantas realidades como los que la interpretan. Dicen que en mecánica cuántica, todo hecho depende del observador. Dicho de otro modo, que la realidad depende de quien la mire. Siempre me ha fascinado este descubrimiento que viene, nada menos, que del terreno de lo científico.
Dicen que un viejo samurái tuvo que salir de viaje dejando solas en casa a su esposa y anciana madre. Pasaron muchos día y el samurái regreso de improviso con la noche ya echada. Se dirigió a su habitación donde encontró a su esposa dormida en la cama. Junto a ella adivinó el bulto del cuerpo de quien enseguida supuso su amante. Así es que sigilosamente desenvainó su katana y, con ella, de certero movimiento, casi en silencio, asestó mortal estocada a su rival.
Su esposa entonces despertó para comprobar la tragedia. En medio del llanto acertó a explicar al samurái que acababa de matar a su anciana madre. Durante la ausencia de su esposo, disfrazaba a la vieja para que pareciese que seguía durmiendo con él.
Vaya forma de interpretar la realidad.
Hoy asisto a la lucha de una madre para que su retoño no se cargue de responsabilidad porque no le han llegado, vía Internet, a su profesor, ciertas tareas que daba por enviadas. En el fondo la queja va contra el sistema educativo y no contra el profesor al que agradece su implicación en momentos difíciles. Y pienso que la misma queja se puede plantear contra los políticos, contra los banqueros, contra la monarquía, contra el sistema capitalista… contra la vida. Es una buena queja, que mueve a profundas reflexiones. Ya se ha hablado mucho del tema. ¿Para qué le sirven las derivadas a un pintor o a un fotógrafo? ¿Para qué le sirve dónde situar a La Montaña dentro de la Revolución Francesa a un médico? Si a cambio lo que subyace es la eterna pregunta por la felicidad.
Yo no tengo la solución y menos me voy a permitir dar consejos. Me gustaría inducir a no entrar al trapo, pero… ¡no soy quién!
Es verdad que no le digo a nadie que ha de ser inactivo. Yo voy a manifestaciones. Yo soy de ADENA (pago religiosamente el recibo). Yo, yo, yo.
Tampoco le digo a nadie que escriba dando una queja (ya lo hago yo cuando no tengo más remedio). Ni digo a nadie que funde un partido, ni una asociación... (ya presido una profesional y no hace nada). Otra vez yo, yo, yo…
Decía Yigoro Kano que a pesar de las apariencias “yo” y “mi” son el factor más descuidado en el pensamiento humano.
En el conflicto con el sistema educativo de la madre y su retoño a mí me parece que la frase de Yigoro Kano cobra gran valor. Pero es verdad que en el “yo” es difícil de separar quienes realmente somos de quienes forman parte de "mi" “yo”. Es decir que los “mis” se adentran en mi ego por así decirlo. Y más para una madre que siempre siente a su hijo tan dentro. Y más cuanto más joven sea éste. (Así debe de ser por otra parte, creo yo). Pero, a última hora, como decía Yigoro Kano, cuidemos el yo (y el mi) recordando hasta dónde llega y dónde empieza el de los demás.

Ojalá hubiera una receta para enseñar a ser padres. Para saber transmitir a nuestros hijos cómo resolver sus propios problemas. Yo no la tengo. Ni siquiera sé solucionar mis problemas.

25.3.20

Las normas


Hoy hablamos de los niños (y de las niñas, faltaba más). Sólo recordamos que nosotros hemos sido niños (también) contemplándolos. Y en estos días en que los tenemos confinados, junto a nosotros, es un buen momento para reflexionar; sobre ellos y sobre nosotros - ¿sobre quienes más se puede reflexionar? -.

En nuestras clases solemos tener normas para todos y procuramos ser inquebrantables (no nos saltamos las normas por nadie). Eso nos lo suelen agradecer los muchos niños a los que nos dirigimos (y no tanto sus padres o madres). Éstos suelen tratar de introducir la excepción. Y esos son los momentos en que más inquebrantables conviene ser. Por el bien de la norma, de la convivencia… Además, y muy importante, los propios profesores de yudo procuramos cumplir dichas normas. (Eso también nos lo agradecen).

Nosotros damos las clases sin tener sonido en el móvil y por tanto sin cogerlos, durante las clases, por ningún motivo. No llevamos camiseta bajo la chaqueta del yudogui, tampoco calcetines. Procuramos no pisar ningún tatami, pedimos paso al mismo, si ya está ocupado cuando llegamos. Guardamos las normas (incluidas las de cortesía como saludar al llegar, pedir perdón si llegamos retrasados, despedirnos al irnos…).

Pero además solemos dar una explicación coherente por cada norma que damos. No se sale de la clase para nada, porque se imparte para todos a la vez y al mismo tiempo (orinar se hace antes de entrar a la clase o al salir de la misma). No se bebe en las clases y por tanto, no se pueden pasar botellitas de agua (se acaban cayendo y mojando nuestro tatami, además de que beber estimula a orinar y está prohibido salir de la clase).

Hemos escuchado excusas peregrinas como “si no bebe tose” o “tiene cistitis” y solemos decir que son buenos motivos para quedarse en clase hasta que se solucionen dichas cuestiones. ¡Qué chungos somos! Lo cierto es que esos síntomas suelen desaparecer por arte de birli birloque. Pero en todo caso nos llevan a otra reflexión; al derecho que tienen nuestros retoños de solucionar por sí mismo ciertas cosas (sed, ganas de orinar, frío). No pasa nada porque uno sienta dichas sensaciones y aprenda a controlarse.

Lo de colar a un niño con camiseta bajo la chaqueta es un clásico (sobre todo en invierno). Si le dices algo al niño suele venir bien aleccionado y contesta que lo ha dicho su mamá. A lo que le solemos contestar que en nuestras clases de yudo no tiene autoridad. El caso es que normalmente el niño accede a dejar su camiseta junto al resto de enseres (zoris o zapatillas), pero al acabar la clase se lo explicamos a su madre. Suele argumentar que está un poquito malo a lo que le contestamos que entonces puede pensar en los demás y aislar a su retoño. Además damos otra explicación. La camiseta suele ser contraproducente dado que se suda y no se retira al acabar la sesión de yudo, sino que, “tal cuál”, se le pone un abrigo sobre la chaqueta del yudogui y “para casa”. Con ello, la camiseta actúa como un radiador en un coche y a la más mínima ráfaga de viento lo que provoca es bajar la temperatura corporal y agravar el estado del que está “un poco resfriado”. Y toda esta explicación vale para las niñas que sí pueden llevar camiseta blanca – lo dice el reglamento – entendiendo que es la de yudo y al acabar la sesión también se la quitan eliminando humedades por el sudor y, por tanto, la posibilidad de que actúe como un refrigerador de coche, como antes hemos comentado.

La cosa es que el niño, desde bien pequeño, tiene muchas más capacidades de las que conocen (o reconocen) sus progenitores. Decía el genial Gila que “rebeca es lo que se ponen los niños cuando las madres tienen frío”. Y es normal… Lo hemos pasado muy mal (sobre todo nuestros abuelos y padres) y no estamos dispuestos a que nuestros retoños pasen por lo mismo. Lo malo es que a cambio les sustraemos la posibilidad de que experimenten (y solucionen por sí mismos) ciertas cuestiones fundamentales. En estos día suele ser un clásico eso de “me aburro”. Y lo dicen personitas rodeados de juguetes, aparatitos tecnológicos carísimos, abundante material de oficina y hasta de artes gráficas, libros que jamás leerán al completo, películas…

A veces reflexionamos si volveríamos a ser capaces de conquistar América, como hicieron nuestros ancestros. (Claro que América ya estaba conquistada por tribus indias que fueron invadidas). Se podrían volver a juntar ejércitos de hombre fieros como lo eran la mayoría de los de nuestra nación cuando se enfrentaron (y dominaron) a gentes desconocidas. Cuando se enfrentaron a las adversidades de junglas que no conocían, cuando surcaron mares por los que no se había antes navegado… No hace tanto.

En estos días nos damos cuenta de que tenemos niños, del valor de la educación y de que son como nosotros. Pero hay diferencias. Conforme a lo que solucionen hoy se posicionarán en la vida. Ellos no han elegido estar confinados en casa ¿Ustedes sí? Es una norma para todos, como las de yudo. Actúen en el presente, el futuro ya llegará. No pierdan esta gran ocasión para actuar, sobre todo en cada cual, recordando que los niños son espejos. Nos reflejan a nosotros. Por eso es tan importante nuestra propia actitud, para servir de ejemplo y que nos reflejen cuestiones positivas que, a su vez, verán en nosotros (en nuestros espejos). ¡Que gran oportunidad de educar a esas joyas maleables que son nuestros hijos!

NOTA: Al acabar este escrito nos hemos dado cuenta de que nos hemos dejado sin hablar de los pendientes y nos parece importante el hacerlo.


Muchas son las niñas que acuden con pendientes a las clases de yudo y solemos recriminarlo. Si hacemos la vista gorda no es porque nos parezca baladí esa norma, sino más bien porque vemos infructuoso nuestro esfuerzo. También dejamos de dar “puntos” a los niños al acabar las clases. Muy pocos se acordaban de traerlos al comenzar la última clase de cada mes. No cumplían la norma.

La cosa es que no se puede llevar pendientes, ni adornos metálicos o rígidos en el pelo, porque lo dice el reglamento, que también marca que el pelo largo (chicos y chicas) debe ser recogido con goma o material similar (no horquillas ni elementos rígidos). Una vez más lo pasamos a explicar.

Los yudoguis son del tejido de lo que se ha dado en llamar “granos de arroz” por lo que es fácil que se suelte algún punto, que tenga sueltos algunos hilillos. Con ello puede llegar a pasar que dichos hilillos sueltos se acaben enganchando en los pendientes, por ejemplo. Entonces, como estamos en una clase de un deporte de lucha, no resulta inimaginable que se produzca un tirón o gesto por el que la orejita sobre la que estaba dicho adorno sufra una lesión. Lo hemos visto. A lo mejor entonces nos recriminan no haberlo avisado.

Eso sí… nos suelen poner como excusa que los pendientes no se pueden quitar. Ojalá sea verdad.

NOS VEMOS EN LOS TATAMIS

22.3.20

El yudo y el zen


A lo mejor a estas alturas alguien se ha dado cuenta de que escribo por escribir. Yo ya me había dado cuenta hace unos días. Escribo como manera de pasar el rato y eso es algo que ha cobrado suma importancia en estos días de reclusión: algo hay que hacer. Por eso doy efusivamente mis gracias a todo el que se toma la molestia de leerme.

Hoy día nos damos cuenta de la importancia de tener una casita amplia y con jardín. La mía – que no es mía – es pequeña y sin jardín. Nos damos cuenta de la importancia de la convivencia, de no estar solos, pero tampoco en manada; y todos confinados. Yo vivo en un hogar pequeño donde somos seis personas - una de cinco añitos – y una sale a trabajar a diario.

Entonces cuál es el secreto… Lo primero tener la certeza de que puedes ser el siguiente y no por ello relajar las precauciones que ya todos conocemos y me refiero a cosas tan sencillas como lavarse las manos, no tocarse la cara, no toser en público… y no cosas peregrinas, que también todos hemos oído. Y no las repito.

También ayuda la salud de lo de dentro que en estos momentos todos tenemos más cerca; la paz interior, el alma, la plena consciencia, la resiliencia… Cada cual la llamará como quiera.

En estos días en que están de moda las teorías de mindfulness, la bioneurodecodificación (o bioneuroemoción), el yoga, la meditación, la acupuntura, el tarot… lo usual es mirarse dentro. Más nos vale. Y aprovechar para ser mejores -que falta no hace -, para ver, no obstante, lo mucho de bueno que tenemos – nosotros y los demás – todos. Estaría bien que, a partir de ahora, aprendamos a escuchar cuando nos hablen y no sólo a fingirlo, en el mejor de los casos. Estaría bien aprender a respetar a todo el mundo como queremos que nos respeten a nosotros (y hablo también de políticos a los que alguien ha votado y sobre todo hablo de técnicos que seguro que saben más que yo). Estaría bien aprender a hablar con el corazón más que con la razón, aún cuando se incurra en más de un error. Aprender también, ya de paso, a pedir perdón con respeto, (cuando uno se equivoca), con humildad, con propósito de enmienda (y eso incluye reparar el daño y, sobre todo, perdonarse). Estaría bien que cada cual cumpliera su parte sin esperar a ver qué hacen los demás (de nuevo volver la mirada hacia uno mismo, hacia el interior de cada cual).



Parece que entre nuestras muchas virtudes está la de olvidar pronto. Eso está bien, siempre y cuando se haya aprendido la lección. De modo contrario estamos condenados a chocar en la misma piedra, se pierde una gran oportunidad. Y como ésta, pocas vamos a tener.

Yo soy yudoca y por cuestiones personales me veo impedido a practicar movimientos y ejercicios físicos que antes me resultaban familiares. Con ello me he movido hacia principios fundamentales y hacia aspectos más filosóficos de mi querido deporte; los hay. Ayer mismo, en este espacio recordaba algunos valores del yudo que creo pueden venirnos muy bien. Hoy traigo a colación dichos valores recordando que en su origen, el yudo tiene mucho que ver con los samuráis y que éstos a¡también tenían mucho que ver con las doctrinas zen.



Recordamos que el zen es una escuela del budismo (majayana). Dice la Wikipedia que, “como toda escuela budista, el zen tiene su raíz en la India, aunque sólo en China adquiere su forma definitiva. La palabra zen es la lectura en japonés del carácter chino “chan”, que a su vez es una transcripción del término sánscrito “dhyana”, traducido normalmente como “meditación”.

Hay muchos maestros que se quejan de que al entrar a formar parte el yudo dentro de la familia de los grandes deportes se han perdido esos valores de origen zen. También es verdad que gracias a incluirse el yudo en la familia olímpica y, sobre todo, gracias a la victoria del gigantón holandés Anton Geesink en los primeros juegos en que el yudo fue olímpico (en Tokio, nada menos y ganando al campeón nipón), - gracias a ello decíamos –, el yudo se universalizó. Pasó de ser una modalidad regional a ser un deporte universal. Y eso es importante mientras queden maestros o profesores que le den su justa importancia a los principios fundamentales del yudo, a sus concomitancias con el zen.

El catedrático Juan Antonio Cecchini en su obra “El judo y su razón kinantropológica” empieza diciendo que “el lexema competición, cuya etimología arranca del vocablo latino “competere”, que significa “buscar conjuntamente”, en pocos deportes cobra tanto sentido como en las modalidades de combate”. Por ahí vamos bien, pero, no obstante, el mismo autor (Cecchini) nos recuerda, amparado en numerosos estudios internacionales que se permite hacer dos importantes afirmaciones. “ La primera es que la práctica del deporte, tal y como en la actualidad se está implementando, no desarrolla valores; y la segunda es que incluso, bajo determinadas circunstancias, los resultados pueden ser justamente los contrarios”. Y estamos plenamente de acuerdo. De ahí que defendamos (al menos en el yudo, que para eso los tiene) centrarse en los valores que hemos llamado filosóficos. En los valores espirituales.

De ahí eso que solemos decir a nuestros competidores de que no es tan importante vencer al contrincante como vencerse a uno mismo. Por eso mismo apostamos plenamente por la famosa frase que todos manejamos de que “no es tan importante ser mejor que el rival, sino ser mejor (uno mismo) que el día de ayer”. Eso indica que nosotros centramos nuestro trabajo (cumplimos nuestra parte, como el famoso cuento del colibrí) en mejorarnos – nosotros- y no en estudiar a los contrarios – los otros -. Así lo procuramos inculcar.



Animamos a participar a nuestros adolescentes alumnos en lo que se llaman competiciones oficiales (pero no obligamos), porque creemos que son un buen lugar para buscarse a uno mismo, siempre con valores, como el de arriba, presente. Se trata de un buen escenario para dar lo mejor de uno mismo, para conocerse y mejorar… Para cumplir (como el colibrí) con la parte de cada cual.

Ya que hemos hablado varias veces de él, para finalizar, os dejamos aquí el cuento del colibrí que hemos encontrado navegando por Internet.

Aquel día hubo un gran incendio en la selva.
Todos los animales huían despavoridos. En mitad de la confusión, un pequeño colibrí empezó a volar en dirección contraria a todos los demás. Los leones, las jirafas, los elefantes… todos miraban al colibrí asombrados, pensando qué demonios hacía yendo hacia el fuego.
Hasta que uno de los animales, por fín, le preguntó: “¿Dónde vas? ¿Estás loco? Tenemos que huir del fuego”.
El colibrí le contestó: “En medio de la selva hay un lago, recojo un poco de agua con mi pico y ayudo a apagar el incendio”.
Asombrado, el otro animal sólo pudo decirle “Estás loco, no va a servir para nada. Tú solo no podrás apagarlo.
Y el colibrí, seguro de sí mismo, respondió:

“Es posible, pero yo cumplo con mi parte.”


NOS VEMOS EN LOS TATAMIS